Principio de Mediocridad

El astrofísico norteamericano John Richard Gott se hallaba visita por Berlín, allá por 1969. Hacía 8 años que se había levantado el muro y debatía con un amigo sobre cuánto iba a durar. Hizo unos cálculos y le vaticinó a su colega que, con una probabilidad del 50%, no iba a durar más de 24 años. El muro de Berlín fue derribado en 1989.


Su razonamiento se basaba en el Principio Copernicano, esto es, asumir que lo más probable es que no nos encontremos en ningún lugar o momento “especial”. Aplicado al caso del muro, supuso que no se encontraba ni en el momento “especial” del inicio de la existencia del mismo, ni en el momento “especial” de su final, sino en algún instante intermedio, con una probabilidad del 50%. Así que la duración del mismo estaría entre 2 años y pico (8 años / ((1+50%)/(1-50%)) y 24 años (8*((1+50%)/(1-50%)).


Cuando dio a conocer su método, después de la caída del muro, lo aplicó a la predicción de la duración en cartel de 44 producciones teatrales de Broadway, acertó en un 95%.


Y luego le dio por predecir la duración de la especie humana. Le salió que, con un 95% de probabilidades, estará entre 5100 y 7,8 millones de años.

Perder el Tiempo

Como madridista irredento, anoche sufrí la enésima derrota ante nuestro archienemigo, un Barcelona que probablemente es el mejor equipo que ha existido nunca.
Es frustrante disfrutar con el juego del adversario cuando ridiculizan a tu equipo, es frustrante sufrir a un Mourinho que pone al vergonzoso Pepe en la media para jugar como un equipo mediocre, es frustrante ver que han pasado dos horas y sentir que habría sido mucho más productivo y relajante leer un libro.

Cyborgs

El Capitán Garfio, de alguna forma, era un cyborg, digamos, analógico. Su mano amputada es reemplazada por un artilugio que trata de imitar algunas de las funciones de su difunto miembro. 
Yo, con mis lentillas y mis gafas, también corrijo las deficiencias de unos ojos que me lo habrían hecho pasar mal hace unos miles de años cazando gacelas.
Pero, cyborgs, lo que se dice cyborgs, humanos con implantes tecnológicos en sus cuerpos, lo vamos a empezar a ver desde ahora. Ciegos que se implantan cachibaches para ver, exoesqueletos que permitan andar a los que no pueden, o artilugios auditivos que traducen en sonidos los colores para aquellos que ven en blanco y negro.
Esto último es lo que tiene implantado Neil Harbinsson un británico-catalán de ancestros nórdicos que vive en Mataró. Un implante en la nuca, una cámara colgando sobre su frente, las frecuencias de los colores correlacionadas con las notas musicales. El rojo es la nota Fa, el azul el Do.

A ver quien lo tiene más grande

Algunos afirman que las construcciones de rascacielos suelen estar relacionadas con épocas de optimismo y crédito fácil, antesala de burbujas inmobiliarias, de tal forma que estos enormes edificios se terminan cuando el boom ya ha pasado, en plena recesión. Pasó con los rascacielos neoyorkinos, allá por los años 20 y 30 del pasado siglo, y los agoreros anuncian que va a pasar en China, donde les ha dado también por la fiebre del “quien la tiene más grande”.

Estos cenizos avisan de que 2012 será el año de la caída de China, que teniendo en cuenta que están algo tiernos en esto del capitalismo, pues no sería de extrañar (míranos a nosotros los occidentales, que no hacemos más que caer en la misma piedra, desde los tulipanes holandeses a esta parte).

Vivir mejor que nuestros hijos

Por primera vez desde hace unas pocas generaciones tenemos la sensación de que nuestros hijos vivirán peor que nosotros.

La losa que supone el pesimismo que arrastramos por la crisis nos impide ver que a pesar de todos los problemas a los que nos enfrentamos, y que estamos causando, tenemos ante nosotros la oportunidad de darle la vuelta a la tortilla y construir un futuro más armónico con la Naturaleza y con nosotros mismos.

Porque lo valgo

La primera forma de intercambio en las relaciones económicas fue el trueque: dame tres melones que yo te doy un conejo. Después surgieron las monedas y, mucho más tarde, los billetes. En el siglo XX aparecieron las tarjetas y en estos comienzos del XXI el desarrollo tecnológico puede llevar a la extinción a las monedas y los billetes.

Los seres humanos vamos a ser identificados y “cuantificados” (o ya lo estamos), cada uno de nosotros tendrá un “valor” que le permitirá, como si de un mago se tratase, apuntar con el dedo y adquirir todo aquello que se desee, si su “valor” se lo permite.
Por una parte será bastante cómodo porque eliminará pasos intermedios y será incluso más seguro. Por otra parte da un poco de yuyu pensar que no somos más que apuntes contables, individuos con numeritos sobre nuestros cogotes que sirven de alimento al “Mercado”.