Peces populistas

El francés Bruno Patino analiza en su libro “La civilización de la memoria de pez” como la sociedad actual, con su vorágine de estímulos, nos hace incapaces de mantener la concentración más allá de un puñado de segundos.

Las redes sociales, los medios de comunicación, la publicidad, nos lanzan estímulos continuamente con el fin de captar nuestra atención y nosotros nos estamos convirtiendo en adictos a estos subidones de interés y los buscamos constantemente, como yonkis de la excitación que buscan su nueva dosis de novedad. Pero el efecto del chute de ese titular prometedor acaba pronto, y enseguida nos ponemos a buscar otra dosis.

Esta falta de capacidad de reflexión y de entender en profundidad los temas que nos afectan, nos convierte en seres superficiales, presas fáciles para la manipulación y el populismo.

Percibir el Cambio

La forma que tenemos todos de ver el mundo debe basarse en unos pocos axiomas, un puñado de conceptos sobre los que fundamentamos todo nuestro pensamiento y que nos diferencia a unos de los otros.

Uno de estos axiomas está relacionado con la forma en la que percibimos el movimiento del mundo. Porque la sociedad, sometida a los cambios producidos por la tecnología, se mueve, unas personas perciben un movimiento que se aleja de un ideal que está detrás de nosotros, que ya ha sucedido. La familia, el equilibrio entre las diferentes capas sociales, el rol de cada género y raza…, ya alcanzaron su plenitud en el pasado y los cambios nos alejan de esa plenitud.

Otros piensan que los cambios nos alejan de un pasado peor y nos dan la oportunidad de redefinirlo para hacerlo mejor.

El cambio normalmente produce vértigo, nuestra actitud hacia ese cambio determina nuestras opiniones y nuestras decisiones.

Repartir el riesgo

Volver a la oficina a trabajar es algo que tiene sus riesgos. Mi empresa quiere empezar a dar pasos en esa dirección porque dice que “no es una empresa de trabajo remoto”. No estoy de acuerdo con esta mentalidad, que a día de hoy me parece anticuada y hasta decepcionante. Pero sí estoy de acuerdo en hacer esfuerzos para acercarnos a una realidad “más normal”.

Algunos de mis compañeros de trabajo no quieren volver a la oficina, dicen que todavía no es seguro y que pueden ser perfectamente productivos trabajando desde casa.

Lo de ser productivos lo entiendo, todos nos hemos acostumbrado a las reuniones virtuales y muchos de los trabajos de las grandes empresas se pueden hacer desde casa. Aunque se pierden cosas, no directamente tangibles, relacionadas con las comunicaciones más informales, las que no dependen de una reunión programada de antemano.

El problema es la situación de todas aquellas personas que no tienen más remedio que ir al lugar de trabajo porque no pueden hacerlo desde casa. Supermercados, trabajadores de logística, hospitales, basureros, escuelas… La mayor parte de la gente tiene que ir a trabajar si quiere un salario, y en muchos casos son además las personas que menos ganan.

Por esto me parece poco solidario cuando leo artículos como el de una profesora que dice que, por favor, que los padres no le pidan ir a trabajar al colegio porque no quiere. Defiende que los niños pueden aprender muy bien con las clases virtuales, y que no quiere correr el riesgo de contagiarse por educar a los hijos de los demás.

Tiene algo de sentido, pero supongo que esta mujer va al supermercado y pide cosas por internet, y seguro que no muestra tanta preocupación por la salud de la persona que le coloca los alimentos en el supermercado para que ella los compre, o por la salud del repartidor que le entrega lo que compró el día anterior en Amazon.

Si no ponemos todos un poco de nuestra parte, va a resultar muy difícil salir de esta. Desde luego hay que tomar todas las medidas y las precauciones necesarias, pero también tenemos que tener cierto espíritu de solidaridad, una solidaridad que no vaya sólo en una dirección, una solidaridad que reconozca el riesgo que muchos están tomando.

Tik Tok, susto o muerte

Soy usuario de Tik Tok, y me mola. He hecho algunos videos con mi mujer, con mis hijos, y nos lo hemos pasado muy bien haciéndolos.

La empresa que está detrás de Tik Tok es china, y eso se supone que no es bueno. Que China, ese contradictorio país comunista pero más capitalista que Rockefeller, seguro que utiliza mis datos para hacer el mal, y hackea toda la información habida y por haber en mi móvil y en todo lo que se menee.

Esto es el susto. Luego está la muerte, esto es, todo el resto de empresas americanas: Google, Facebook, Twitter… Que éstos puede que sean americanos, pero ya nos han exprimido hasta el último bit de nuestra existencia.

Así que lo tenemos crudo. Susto o muerte. A ver con qué te quedas.

La suerte del campeón

Lo de la suerte del campeón siempre me ha parecido una frase como perezosa, que parece no tener mucho sentido, pero que resume en unas pocas palabras el papel del azar en la realidad de todos.

Implica reconocer que para ganar, o para perder, hace falta la contribución del azar, que no todo está en tu mano. El que tiene ese viento de cola acaba llevándose el premio gordo.

No es simplemente un término futbolero. Viendo hoy un documental sobre la vida de Andrew Carnegie, el magnate del acero del final del siglo XIX en América, te das cuenta de cómo esta persona intentó conseguir algo y acabó consiguiendo mucho más. Empezó queriendo construir un puente para cruzar el Mississippi, su objetivo inicial. La tecnología del momento no lo permitía y su innovación fue hacer el puente de acero, un material que se estaba empezando a utilizar. Le costó una fortuna acabar el puente, pero más allá de conseguirlo, con lo que se encontró es que ahora tenía la capacidad de producir acero a mansalva. Los pedidos de contratos para hacer más puentes y vías de tren le llovieron caídos del cielo, justo antes de que la burbuja de los ferrocarriles y provocara una crisis económica galopante. Ahora tenía una exceso de capacidad para producir acero, ¿a quién se lo iba a vender ahora? Pues a los constructores que empezaron a ver en el acero la oportunidad de levantar edificios más altos. La época de los rascacielos en América empezaba.

Así que ahí tenemos a un tipo con un sueño, hacer el puente más formidable del mundo, que acaba convirtiéndose, sin proponérselo, en el magnate que impulsó los rascacielos. Una gran habilidad para saber aprovechar y leer el momento, pero un poco de suerte del campeón también.

Dime qué héroes tienes y te diré quién eres

“Los hombres que construyeron América” es una serie documental del canal “Historia” que cuenta las vidas de los magnates más importantes de Estados Unidos entre el final de su guerra civil y el principio de la Primera Guerra Mundial.

Vanderbilt, Rockefeller, Carnegie, JP Morgan, Henry Ford… La sintonía de entrada es una canción de rock, y estos personajes son mostrados como los héroes de una película de acción. Tipos duros, que saben lo que tienen que hacer, los tipos que forjaron América.

La serie es interesante, no conocía la vida de estos magnates, y desde luego tuvieron una influencia relevante no sólo en Estados Unidos, sino en todo el mundo.

Lo que también es interesante es como los americanos, como sociedad individualista que es, ponen el foco en el individuo más que en el contexto. John D. Rockefeller, por ejemplo, creció en Cleveland, una zona rica en petróleo, donde las empresas que trataban de explotar ese nuevo combustible estaban proliferando. Era la Arabia del momento. En ese contexto, el más listo se podía llevar todo. Un país, y por ende un mercado, enorme, falta de regulaciones… Si no hubiera sido Rockefeller, probablemente hubiera sido otro el que se habría aprovechado de las circunstancias.

Por otra parte, también es interesante la actitud de los americanos hacia sus millonarios. Son héroes, gente a admirar, si han conseguido algo es porque se lo han currado, se lo merecen. Aunque en su carrera hacia el dinero y el poder no hayan tenido compasión por las familias más humildes. Como cuando Rockefeller, en su guerra contra las empresas de ferrocarriles, cerró sus refinerías y provocó que sus rivales tuvieran que cerrar, despedir trabajadores y las revueltas se sucedieron. Incluso la bolsa tuvo que cerrar 10 días. Pero todo esto se ve como “pero qué listo era este tío”, en lugar de verlo como algo desalmado, todo por conseguir todavía más dinero.

Y que conste que yo también admiro a los emprendedores que han logrado grandes cosas, no estoy de acuerdo con la desconfianza con la que se ven desde España o Europa. Pero esta admiración tiene límites. Entre un Amancio Ortega, del que no conozco maldades, y un Rockefeller, me quedo con el gallego. 

Confundidos por el turco

A finales del siglo XVIII un inventor húngaro construyó un autómata que jugaba y ganaba al ajedrez, El Turco. Lo hizo para impresionar a la emperatriz de Austria y su invento pasó por varias manos durante los siguientes 80 años hasta que fue destruido por un incendio.

Era un truco, el supuesto robot (todavía no se había inventado la palabra) era en realidad un mecanismo que escondía una persona dentro, que era la que realmente movía las piezas.

El Turco representa como algo que tiene apariencia de sofisticado oculta una realidad más tosca. Y esto es lo que nos está pasando a todos con la inteligencia artificial. Pensamos que ya está aquí para solucionar nuestras vidas. Y puede que lo haga algún día, pero creo que todavía no.

Tuvieron que pasar otros 200 años antes de que una computadora venciera al ajedrez al mejor de los humanos, Deep Blue venciendo a Gary Kasparov en 1997. Así que sí, la tecnología llegará a vencernos. Pero todavía queda le queda algo de recorrido a la inteligencia artificial para superarnos en otras cosas.

Disfrutemos del poco tiempo que nos queda.

Ecos del pasado

Hemos heredado palabras, expresiones, gestos y actitudes de nuestros padres. Y ellos de sus padres, y sus padres de los suyos.

Pequeñas cosas que suceden en nuestro día a día son ecos de un pasado que puede remontarse a varias generaciones atrás. Incluso en un presente tan diferente al de nuestros antepasados, cuando nos sorprendemos soltamos una expresión que se ha mantenido en la familia por centenares de años, o nos dirigimos a nuestros hijos con las mismas palabras, o miramos a nuestra pareja de la forma que hemos aprendido a mirar a las parejas.

Sólo sé que no sabemos nada

Hay algo que se propaga más que el virus: las teorías de la conspiración sobre el virus.

El contexto es perfecto para los conspiranoicos. Los gobiernos y los científicos se contradicen sobre cómo se contagia o qué medidas tomar; es necesario tomar medidas drásticas y globales, como confinar a millones de personas o vacunar de forma masiva en cuanto tengamos vacunas; y toca uno de los temas preferidos de los amantes de la conspiración, precisamente esas vacunas malévolas que están diseñadas para controlarnos a todos como a unos borregos.

Los conspiranoicos se creen más listos por adivinar planes ocultos de personas y organizaciones malévolamente inteligentes. Pero obvian algo importante: que no somos tan inteligentes. Ni los conspiranoicos, ni los malos malísimos que tratan de controlar el mundo.

Tenemos que ser más humildes y entender que no sabemos tanto como creemos.

La Biología de las Empresas

Los conceptos evolutivos encajan a la perfección con el ecosistema económico.

Las empresas, como los seres vivos, nacen, crecen, se reproducen y mueren, y pasan a sus descendientes la información necesaria para replicarse, en algunos casos con mutaciones que las hacen evolucionar.

En un mismo sistema económico existen diversos tipos de seres. Están las grandes multinacionales, que harían en papel de los grandes carnívoros, son los leones de la sabana. Junto a ellos conviven los pequeños autónomos, más numerosos, que son como pequeños insectos que pueden levantar 10 veces su peso. Están las medianas empresas, que son como los herbívoros, algunos de un tamaño razonable. Incluso los gobiernos, con sus hospitales, centros administrativos y mecanismos de control, que representan un amplio abanico de seres, desde los parásitos que chupan sangre, aprovechándose del esfuerzo de otros, a bacterias benignas, que ayudan a equilibrar los sistemas. O son los ingenieros genéticos que con sus experimentos pueden romper el equilibrio del sistema.

El contexto económico, con sus crisis y sus recesiones, son como el clima, fuera del control de cualquier empresa, que dictan con sus sequías y épocas de bonanza el devenir de todo el conjunto.