Cuidadín con lo que medimos

El sociólogo Donald T. Campbell describió el efecto perverso de los indicadores sociales para medir el éxito de un proceso, algo que se conoce como la Ley de Campbell.

Su observación sugiere que cuanto más utilizado sea un indicador social cuantitativo para la toma de decisiones, mayor será la presión a la que estará sujeto y más probable será que se corrompa y distorsione los procesos que se supone que tiene que medir. Algo así como un principio de incertidumbre social, según el cual no se puede medir o asignar recursos utilizando el mismo indicador.

Los ejemplos que leo sobre esta ley están centrados en cosas como el proyecto estadounidense “No Child Left Behind”, una política que pretende que ningún niño se quede detrás en las actividades docentes. La perversión de esta política es que para conseguir los objetivos marcados el currículum académico se relaja.

Si lo trasladamos a la economía, el indicador estrella de cualquier empresa es la cuenta de resultados, un indicador definitivamente muestra la salud de una organización pero que al convertirlo en objetivo pervierte el funcionamiento de toda la empresa para conseguir un buen número, aunque la fortaleza de la organización para el futuro se vea comprometido.

Si lo trasladamos a la política, el número de escaños en el parlamento es el verdadero objetivo de cualquier partido político. Las decisiones que un partido toma están en función de como afectan a los escaños en una elección futura, no en función del bienestar de los ciudadanos.

 

¿Estamos en guerra o no?

En enero de 1919 las cosas estaban algo confusas para el Almirante Cowan. La Primera Guerra Mundial acababa de terminar apenas un par de meses antes, sus soldados tenían unas ganas locas de volverse para casa, pero el gobierno británico estaba preocupado por la situación en su antigua aliada, Rusia. El país más grande del mundo había caído en manos de los bolcheviques y se rindieron a los alemanes un año antes, lo que cabreó bastante a los aliados (británicos, franceses y americanos), así que los británicos decidieron invadir el norte de Rusia con el fin de recuperar las armas que les habían dado para luchar contra los alemanes y que no fueran utilizadas por los bolcheviques en la guerra civil que acababa de comenzar en ese país.

Pero los marineros de sus barcos, como hemos dicho, estaban ya hasta el gorro de tanta geopolítica y empezaron a amotinarse, un poquito por aquí, otro poquito por allá. Eso de amotinarse, en tiempo de guerra, tiene como castigo la pena de muerte. Pero, ¿estaban en guerra? Formalmente, lo que se dice formalmente, no se había declarado ninguna guerra, así que el Almirante Cowan contactó con el Almirantazgo, que a su vez contactó con el gobierno británico, con el fin que aclararle la situación: ¿estamos en guerra con los Rusos? La respuesta fue algo así como que “sí, las fuerzas bajo su mando deberían considerarse en guerra”, lo que clarificó la pena que había que imponer a los cinco líderes del motín: pena de muerte. Aunque luego fue conmutada por cinco años en prisión.

Si es que cuando se aclaran las cosas…

Saltar

¿Cuándo se termina una etapa? La vida funciona a través de ciclos, de fases, de empujones. En mi trabajo toca cambiar, ¿dónde está la oportunidad? A veces surge por un empujón, a veces porque decides saltar, con más o menos garantías por lo que te puedas encontrar en el otro lado. Pero, en todo caso, hay que saltar…

Viajar con los ojos abiertos

Cuando vine a vivir a Inglaterra, una de las cosas que me sorprendió fue la gran cantidad de espacio que tenían en sus supermercados para los chocolates. Entrar en un ASDA y ver un pasillo entero con ambos lados llenos de diferentes versiones de productos con chocolate. A este país le gusta mucho los dulces…

Uno puede “leer” como es una sociedad a través de sus mercados, de la misma forma que se puede entender en que sitio vives a través de sus anuncios. Tuve la oportunidad hace unos pocos años de viajar a Florida, y una de las cosas que hicimos fue conducir desde Orlando a una playa en Tampa. Una de las cosas más llamativas de aquel trayecto de unas dos horas fueron los grandes anuncios en las carreteras sobre abogados y litigaciones. Dos horas en las que encontramos grandes paneles con esta publicidad cada pocos minutos.

Viajar te permite detectar este tipo de cosas, cosas que das por sentado en tu lugar de origen que son cuestionadas si abres bien los ojos cuando estás en un lugar diferente. Como la primera vez que fui a Londres a mediados de los 90. Acostumbrado a la poca diversidad cultural en mi entorno de entonces, me encontré en medio del centro de Londres maravillado por la diversidad de razas y de vestimentas de una ciudad verdaderamente cosmopolita.   

Dios, concepto in-humano

He descubierto hoy un libro del hispanista Gerald Brenan en las tiendas de “charities” del pueblo en el que vivo. “The Face of Spain” cuenta el viaje por España en 1949, años después de vivir un tiempo en Andalucía, tierra que dejó al poco de iniciarse la guerra civil.

Es un diario de su re-encuentro con un país al que admira y por el que se siente preocupado. Sólo he empezado el primer capítulo, pero me ha gustado su reflexión sobre la perspectiva de las cosas. Viaja en avión a España y observa el paisaje por la ventanilla, y piensa en el concepto de Dios y el hecho que se suponga que nos ve a todos desde allá arriba. Pero cuando se ven las cosas desde tal distancia se pierde la “humanidad”, dice algo así como que “para sentir lo que siente un ser humano uno deber verlos de forma horizontal, uno solo puede ser ´humano´ si estás al mismo nivel que las personas”.

Un Dios que lo observa todo, que nos ve como hormiguitas de un gran hormiguero, no puede ser humano.

La Ley del Martillo

“Cuando tienes un martillo, todo empieza a parecerse a un clavo”. Todos tendemos a utilizar las herramientas mentales que hemos aprendido, y este sesgo determina como vemos el mundo.

En mi trabajo soy testigo del trabajo de ingenieros tratando de resolver problemas con los productos, pero la sensación de que el sesgo de sus “martillos mentales” les hace buscar clavos que clavar, sean reales o imaginarios.

Yo mismo, en mi trabajo con datos, tiendo a verlo todo como bases de datos, gráficos, fórmulas…

Este sesgo es difícil de evitar, viene con el paquete de respirar y todo eso. 

Información Imperfecta

Cuando estudiaba economía en la universidad se utilizaba mucho la expresión algo así como “en un mercado con información perfecta”, haciendo referencia a que los modelos que se explicaban asumían que todos los consumidores y productores tienen a su alcance toda la información relevante del mercado.

Esto no era un planteamiento realista a principios de los 90, cuando yo lo estudié, y no lo es incluso hoy en día, con todo el poder de internet en nuestras manos. Si algo hace internet es, por paradójico que parezca, provocar más confusión y fragmentación, más posibilidades de bulos y de polaridades.

La información perfecta es una ilusión.

No es lo mismo

Llevo en mi muñeca uno de esos relojes “conectados” que miden el número de pasos que doy, mi ritmo cardíaco, recoge datos de mi peso… y de paso da la hora. Y es que no es un reloj, es un dispositivo que mide mi actividad física, mi salud.

De la misma forma, nuestros teléfonos “inteligentes” no son teléfonos, eso es lo de menos. Son dispositivos de entretenimiento: leemos las noticias, tomamos fotos, vemos videos… Y de vez en cuando llamamos. Cubren más nuestras necesidades de entretenimiento que las de comunicación.

La conectividad cambia la naturaleza de los productos, los “expande” hasta el punto de que ya no son realmente lo que dice el nombre que todavía les damos.  

Trabajar desde casa, en Sri Lanka…

Mucha gente se frota las manos por la imparable tendencia, auspiciada por la pandemia, de trabajar desde casa. No más atascos, no más trayectos interminables en el metro, poder prepararte un café en la cocina de tu propia casa, poder preparar el desayuno a los niños, llevarlos al colegio…

Y muchas de esas cosas están muy bien, pero nada en este mundo es gratis. Esta tendencia viene con el riesgo de que las empresas se den cuenta de que si el trabajador puede trabajar desde casa puede, de hecho, trabajar desde cualquier casa. No hace falta que esté cerca de la empresa, en la misma ciudad, en la misma provincia, o incluso en el mismo país. El trabajo desde casa favorece el outsourcing de muchas funciones dentro de una empresa, lo que implica que tu trabajo lo puede hacer alguien desde Sri Lanka.