Frente de liberación de las macetas

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Un policia para un coche conducido por un hombre que ronda los 80 años. En el asiento delantero, junto a él, hay una maceta con una planta, con el cinturón de seguridad abrochado.

«Caballero, la documentación, por favor».

«Claro, agente, claro…», responde el hombre mientras se busca la cartera en el bolsillo de la chaqueta. «Aquí tiene… ¿algún problema, agente, he hecho algo mal?».

El policía comprueba el carnet de conducir y el documento de identidad.

«Le he parado por el cambio de dirección tan brusco que ha hecho en el cruce de atrás. Yo estaba detrás de usted… ¿No se habrá tomado una copita antes de coger el coche?».

«No, no, no, para nada. Lo que pasa es que me he despistado mientras le hablaba aquí, a mi ficus, y casi se me pasa el cruce. Lo siento muchísimo, señor agente, no ha estado bien, y si tiene que ponerme una multa, pues nada, merecida la tengo».

«¿Mientras le hablaba al ficus?», preguntó extrañado el policia, «¿A la planta ésta?…».

El hombre se gira hacia el ficus. «Sí, sí. Verá, últimamente la estoy sacando a pasear casi todos los días. Es que la tenía en casa muy pachucha, yo venga a regarla, a ponerle a fertilizante, a cuidarla todos los días y, nada, que se me iba, se me iba… El resto de compañeras tan bien, tan saludables, tan exuberantes, pero ésta, nada, a punto de irse al otro barrio. Pero de repente, cuando ya estaba en las últimas, me confesó lo que le pasaba…»

«¿Le confesó? ¿Cómo que le confesó? ¿Le habló?».

«Sí, claro, claro. Me dijo que no insistiera, que se le habían quitado las ganas de vivir, que ya no podía más con ese balcón, con esas vistas a esa calle tan insípida, que no soportaba más vivir atada a una maceta, que le tenía envidia a los insectos que se posaban sobre ella, a los pájaros, a los gatos que cruzaban los tejados, a los niños que iban por la calle en bicicleta… Que la dejara en paz, que no podía más. Claro, ¡me lo tomé fatal!»

«Claro, claro», respondió un policía anodadado por lo que estaba escuchando.

«Fatal, esa noche lo pasé fatal, ¿cómo iba a imaginarme que era eso lo que le pasaba? Pero por la mañana… por la mañana se me ocurrió la idea ésta. Sin decirle nada, la cogí, la bajé a la calle, la subí al coche, le puse el cinturón y, nada nos fuimos a dar una vuelta. ¡Qué contenta se puso! Y eso que sólo nos dimos un garbeo por el barrio, pero, claro, como ella nunca lo había visto… Algún día nos hemos ido de excursión, a la sierra, a la playa… Hoy hemos ido al puerto, le encanta ver el mar y los barcos», dijo el hombre con tono orgulloso mientras miraba a su planta.

El policía, con los ojos como platos, no sabía que responderle. Se dio cuenta de que tenía todavía los documentos en la mano y se los devolvió. «Bueno… Pues, haga el favor de no ser tan brusco cuando conduzca…».

«Claro, claro, señor agente. No volverá a pasar. Entonces, ¿todo bien? ¿Me puedo marchar ya?».

«Sí, sí, puede marcharse».

El hombre arrancó el coche y con una sonrisa le dijo al policía, «Muchas gracias señor agente, muy amable».

El policía saludo con la mano al conductor y observó como se alejaba el automóvil con la planta en el asiento delantero. Cuando ya había desaparecido al girar un cruce, miró a su alrededor y se percató de que el camino en el que se encontraba estaba repleto de árboles y arbustos. Se acercó lentamente al que estaba más próximo y afinó el oido. Tras unos segundos un suave golpe de viento hizo que se estremecieran las ramas, lo que provocó que el agente diera un respingo. El policía sonrió por la reacción que acababa de tener mientras se dirigía al coche patrulla. Se subió y se marchó de aquel lugar, mientras miraba de reojo al árbol que le acababa de hablar.