No encaja

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«Qué platos más chulos», comentó mi ex-mujer cuando nos sirvieron la comida en el restaurante.

«Muy bonitos, pero no encajarían bien en el lavavajillas», respondí al ver la forma que tenían, con un borde demasiado angulado que no tendría buen acomodo en el lavaplatos. «Cosas de las impracticalidades que a veces tiene la estética, cuando lo bello es incómodo, engorroso».

«Si, como los zapatos de tacón, las corbatas, o los periódicos ingleses que son tan grandes, ¿te acuerdas?».

«Sí, me acuerdo, pero no sé si lo de los periódicos ingleses encaja con el concepto de bello al que me estaba refiriendo».

«Bueno, no, supongo que no…», respondió antes de darle un nuevo trago a la copa de vino. Era la cuarta. Creo.

La verdad es que llevabamos muy bien lo del divorcio. Aunque ella se había vuelto a casar y había tenido un niño, nos veíamos a menudo, como una vez al mes, calculo que hacíamos más el amor que cuando estabamos juntos. Yo me acababa de separar de mi última novia, o casi… o ni lo sabía ni me importaba.

«Estoy embarazada», soltó de sopetón.

«¿Cómo?», respondí mientras volvía a dejar mi copa de vino en la mesa.

«Pues como lo oyes».

Silencio. Mirada ojiplática. El dedo índice de su mano derecha golpeaba nerviosamente la mesa.

«Y…», no me atrevía a preguntarlo, pero finalmente tuve que hacerlo, «… y ¿de quién es?».

«Pues ¿cómo quieres que lo sepa?», dijo con tono enfurruñado antes de dar un buen trago a su copa.

Le volví a llenar el vaso. Resoplé. Balbuceé. «Pues… mmmm… a ver… ehhhh….».

«No te preocupes, que no te estoy pidiendo nada. Pero, claro, tenías que saberlo, porque en los próximos meses no vamos a volver a quedar».

«Claro, claro… ¿Lo sabe tu marido ya?».

«Lo de que estoy embarazada, sí. Lo de que a lo mejor no es suyo, no».

«Ya…». Me bebí de un trago mi copa antes de decirle, «Mira, si quieres que participe de alguna manera…».

«Para el carro, para, que a lo mejor no es tuyo tampoco».

«¿Cómo? No jodas. ¿Que te estabas liando con otro también?»

«¿Qué pasa, que estás celoso?».

«¿Celoso?… No… soprendido».

«Pues, ¡sorpresa! Sí, me estaba liando con otro», respondió con una sonrisa pícara.

Sólo tardé unos segundos en preguntar, «¿Con quién?».

«Pues ni lo sabes, ni te importa, es cosa mía».

«Bueno, cosa tuya, cosa tuya… A ver» dije señalando a su vientre, «que a lo mejor sí que es cosa mía, que parece que tengo números en la tómbola esa… ¿Qué piensas hacer? ¿Lo vas a tener?».

«¡Pues claro que sí! Tú sabes muy bien que yo nunca he estado a favor del aborto».

Y tenía razón, pensé, su educación religiosa siempre la había posicionado más en el lado pro-vida, aunque la verdad es que esa educación no había evitado que se posicionara en el lado pro-cuernos…

Cogió la botella y se sirvió lo que quedaba de la botella. Le hizo una seña al camarero para que trajera otra.

«Oye, que a lo mejor, en tu estado, no está bien que bebas alcohol… Vamos, digo yo…»

Empezó a sonreir, una sonrisa que se transformó paulatinamente en carcajada. El camarero vino, descorchó la nueva botella, nos sirvió, mientras ella seguía descojonandose. Cuando por fin se fue el camarero, le dije:

«Pero, ¿qué te pasa? ¿A que viene tanto cachondeo? Que esto es muy serio, joder…»

«¡Que es broma, gilipollas!»

«¿Cómo?»

«¡Que es broma! Qué cara se te a quedao…» y siguió riéndose.

Me recosté en la silla, resoplando.

«Qué cabrona… Entonces ¿no estás embarazada?»

«No, gilipollas».

«Y, ¿tampoco estás liada con otro?».

«Eso… Ni lo sabes, ni te importa… Venga, pide la cuenta y vámonos para el hotel, que esta conversación me ha puesto cachonda».

Qué cabrona… Pero bueno, a pesar del susto, esto último me lo dijo de una forma que… nada, pagué la cuenta, y sí, nos fuimos al hotel.

Fin.