Cuestión de Coraje

En la sección de sucesos leí un artículo sobre el hallazgo del cadáver de una mujer en su propio piso, en el barrio de Tetuán. Veintinueve años, vivía sola y respondía a las iniciales M.C.G. Llevaba varios días muerta cuando la encontraron, murió como consecuencia de los golpes recibidos en la cabeza. M.C.G.… Mercedes Cordón Garcés… Su nombre encajaba, tenía veintitantos largos, no estaba seguro de dónde vivía, pero me sonaba que podía ser por Tetuán.

Levanté la vista del periódico. Frente a mí estaba Juanjo, trabajando en su escritorio. Yo conocía a Mercedes por él, ella fue su amante hasta hacía un par de meses, cuando decidió dejarla porque su mujer comenzaba a sospechar. Mercedes estaba muy enamorada y acudió a mí para servirse de mi hombro como paño de lágrimas. Aquella hembra era mucha hembra y yo un varón en plena crisis de abstinencia, así que aproveché la confusión, el exceso de vino y el despecho para que se sirviera también de otras partes de mi cuerpo. Pero después de unos intempestivos besos y un sobeteo acalorado se subió las bragas, buscó el sostén y se fue de mi casa diciendo que no podía, dejándome plantado en el sofá con los pantalones a la altura de las rodillas. Desde entonces no la había vuelto a ver.

No era la primera vez que las queridas de Juanjo me utilizaban como desahogo de sus frustraciones afectivas. Desde que le conocí, en el servicio militar, había servido de consuelo para mil y uno de sus líos, incluyendo a su actual mujer, que comenzó como amante suplente pero que consiguió escalar posiciones hasta convertirse en la legítima. Por eso, porque sabía de la distendida vida sentimental y sexual de su marido, ella le sometía a un atento marcaje. Daba por sentado que no podía aspirar a que fuera un ejemplo de fidelidad y toleraba escarceos discretos, pero nada de mantenidas, eso sí que no. Aunque, claro, Juanjo es de los que gusta tensar la cuerda, llegar al límite, y esto fue lo que sucedió con Mercedes, por eso tuvo que cortar por lo sano.

«Carlos».

Juanjo me habló porque llevaba un rato sin dejar de mirarle.

«Joder, Carlos, ¿qué pasa, que ahora te gusto? Hombre, después de tantos años no me vengas ahora con esas… «, y se echó a reír…

…y el resto, en este libro…