Estados emocionales

La dirección de la economía es guiada por estados emocionales. Si la bolsa sube o baja es por el optimismo o el pesimismo de los inversores, si la gente crea empresas o pide préstamos es porque ven un futuro de crecimiento.

La tecnología actual registra fragmentos cada vez mayores de nuestras vidas: fotos, videos, comentarios en las redes, incluso nuestras conversaciones a través de asistentes personales como Alexa o Cortana. La posibilidad de consolidar toda esta información y medir el estado emocional de una economía, con el fin de predecir su evolución, está ahí. El que sepa sacarle partido puede ganar mucho dinero.

El algoritmo infinito

Una semilla se introduce en medio de la tierra. Allí se nutre de los minerales que la rodean, de la humedad, busca la superficie, busca el sol. Crece. Pasado un tiempo es un árbol, decenas de metros, centenares de ramas, miles y miles de hojas, hogar de insectos, de pájaros, de vida.

¿Es posible crear un algoritmo que se comporte de forma similar? Un algoritmo que contenga las instrucciones necesarias para saber de qué nutrirse, de cómo crecer, que cree una realidad que se convierta en hogar de otros seres que buscan en él refugio donde vivir.

La tierra donde plantar la semilla es la realidad que nos rodea, materializada a través de criterios de búsqueda de Google. Por ejemplo, los productos que más se busquen, esos son los minerales de los que nutrirse. Las instrucciones del algoritmo buscará las reviews de los consumidores, las capturará, las procesará, cuando cambien los intereses cambiará la búsqueda. No hace falta controlarlo, sólo darle las instrucciones adecuadas, y regarlo con acceso a los datos más relevantes. Pasado un tiempo, el algoritmo habrá creado una base de datos con las reviews de los productos más usados, y habrá identificado cuales son los temas más relevantes comentados por los usuarios.

Y Dios que no aparece

El chiste del hombre que espera a ser rescatado por Dios más que un chiste es una parábola.

Igual que en el chiste, existen personas que tienen fe en algo mágico, en que los cielos se abran y la mano de Dios, la mano literal de Dios, les salve el día. Y, bueno, hayá cada uno con sus creencias, podría uno pensar. Pero cuando eres de los que va en un simple bote a remos para rescatarle, para darle respuestas, y te desprecian la ayuda, pues la verdad es que toca un poco los cojones.

Yo esto, que trabajo en el mundo del Data, lo sufro día a día. Las grandes expectativas acerca de algoritmos mágicos, de inteligencias artileches, de machine la madrequelopariolerning, lleva a que se desprecie un humilde pero efectivo bote a remos que ofrece respuestas, y se mire hacia arriba, con la esperanza de que una mano en forma de deep learning abra la “cloud” con un solución celestial.

Y así nos va.

Información

En una pequeña tarjeta de memoria puedes almacenar las obras completas de Shakespeare, Victor Hugo, Beethoven, Bob Dylan, Las Grecas y todas las películas ganadoras de los Oscars.

En algo tan pequeño como la punta de tu dedo puedes almacenar una gran cantidad de información, pero eso no es nada con la información que la vida ha sido capaz de almacenar a nivel microscópico en unas pequeñas tiras de aminoácidos. En nuestro ADN está toda la información que permite construir una nueva versión de nosotros, nuestros potenciales, nuestros debilidades y la historia de nuestra especie, se esconden los secretos de nuestra evolución, de nuestro parentesco con otros seres vivos.

Cadenas de montaje, no siempre una buena idea

La cadena de montaje es una idea cojonuda. Dividir el trabajo en tareas simples que pueden ser ejecutadas por diferentes personas incrementa la productividad.

Pero no siempre.

Antes de plantear una cadena de montaje como planteamiento para producir algo hay que tener en cuenta la naturaleza de la tareas a ejecutar. ¿Puedes dividir la actividad en tareas independientes? ¿Pueden ser realizadas por personas diferentes? ¿Suceden en un contexto estable o cambiante?…

En el caso del mundo del “data”, que es al que me dedico, los planteamientos “tradicionales” de desarrollo de software no funcionan: una persona que recoge requerimientos, otra que diseña, otra que los desarrolla, otra que lo prueba… Estos planteamientos, que ya se han demostrado anticuados en el mundo del desarrollo de software, fallan considerablemente en el del “data”, porque no es posible producir un producto con esa división del trabajo.

Las personas que recogen los requerimientos, que diseñan los productos, que los desarrollan necesitan “business understanding”, necesitan entender el esfuerzo de hacer algo, necesitan iterar, desarrollar rápidamente “proof of concepts” que tienen que ser testeados rápidamente por los usuarios…

En este contexto, la naturaleza de estas tareas las hacen poco externalizables, no deberían ser “carne de outsourcing”, porque no es trasladable todo este conocimiento a personas ajenas a la naturaleza de las tareas a desarrollar.

Datos, bien común

Google, Facebook, Twitter, Amazon, Microsoft… Las grandes corporaciones almacenan cantidades ingentes de datos de todos nosotros: dónde estamos, cuándo estamos, qué comemos, qué leemos, qué nos gusta, que no nos gusta…

Esta información les da poder, un poder que puede ser utilizado para tratarnos como objetivos para vendernos productos o para fines más oscuros, para manipularnos, para controlarnos.

El desarrollo durante las últimas décadas de la tecnología ha permitido esta situación, que todo este nuevo “activo” esté en manos de unas pocas grandes organizaciones, es una consecuencia inevitable bajo las reglas de mercado en las que vivimos. Y son estas reglas de mercado las que hay que revisar, no la tecnología, que nos ha brindado nuevos servicios muy útiles y necesarios.

Es necesario ver el “activo de los datos” como un bien comunal, un bien sobre el que ninguna persona en concreto tiene un control sobre su uso y explotación, sino que es un bien de todos y que tiene que ser gestionado por una organización que lo haga en nombre de todos.

De esta forma estos datos pueden ser comercializados, pero su beneficio repercutiría en beneficio de todos, los ingresos podrían ser utilizados para invertirlos en otros servicios públicos. 

42

En “La guia del autoestopista galáctico” una civilización extraterrestre crea un superordenador y le preguntan cuál es el “sentido de la vida, el Universo y todo lo demás”. El ordenador, 7 millones y medio de años después, contesta: 42.

Una pregunta ambigua, lleva a un esfuerzo importante para dar una respuesta inútil. Esto no es sólo una broma en un libro de ciencia-ficción, forma parte del día a día que nos rodea. Porque todos queremos respuestas directas, concisas, iluminadoras, que nos guíen, que nos salven el día, que nos liberen de esta realidad compleja, pegajosa, incómoda, en la que estamos inmersos.

Trabajo en el mundo del “data”, y éste es el problema más importante al que me tengo que enfrentar todos y cada uno de los días. El problema de las expectativas de solucionarlo todo con un gráfico, la frustración de tener que responder a preguntas mal formuladas, el desafío de explicar que lo que te están pidiendo no tiene sentido, la obligación de tener que entregar algo aunque sepas que no va a ser aprovechado, las dificultades de centrar tus esfuerzos en lo que realmente tiene más valor, frente a dedicarlos a objetivos más vacíos e innecesarios…

Todos quieren un número que lo explique todo, un “42” que les lleve directos al Nirvana, un éxtasis de iluminación, un número que les revele el sentido de la vida, del universo y de todo lo demás. Pero, claro, no está en mis planes dedicarle siete millones y medio de años para cada una de estas peticiones, y tanta expectativa se me hace un poco pesada.  

Balas de Plata

Trabajo en el mundo del “data”, y sufro las consecuencias de las inusitadas expectativas que hoy en día existen sobre “el poder del data”.
Machine Learning, Text Analytics, Visualizations… La gente espera un “click” mágico que les pondrá ante sus ojos la visualización definitiva, esa que les hará entender con un simple vistazo todas las razones que se esconden detrás de la compleja realidad en la que vivimos. Caeremos del caballo por el incomparable resplandor que generará, tan fuerte que quedaremos ciegos pero nos hará conocedores de “la verdad’, al más puro estilo sanpablesco.
Que pena que la realidad sea mucho más pegajosa y antipática. Esas revelaciones mágicas no existen.

La verdad está en los detalles

La realidad es tan compleja que resulta difícil abarcarlo todo. A no ser que se empiece a recoger datos cuanto antes con las miras puestas en el largo plazo.
Algo así es lo que pensaron un grupo de científicos de Bristol, que empezaron en 1991 a construir una base de datos con la información proporcionada por madres, padres e hijos acerca de aspectos de salud, familiares, sociales… Después de más de veinte años es una fuente inagotable de conocimiento a la que acuden especialistas de diversos campos.
Con el tiempo y la metodología adecuados podríamos ser capaces de descifrar los secretos más recónditos de la vida.