Imitar a los humanos

Los chatbots resultan antipáticos. En algunas páginas web, cuando buscas resolver un problema con un producto o servicio, aparece de repente el texto de una supuesta persona y te pregunta si te puede ayudar. Pero no es una persona, es un “bot” (de Robot).

Como diría Julio Iglesias: “Y tú lo sabes”. Podemos seguirle el rollo al bot, tratarlo como si fuera una ser humano, pero chirría un poco. Yo por lo menos me siento un poco tonto haciéndolo, así que procuro evitarlo. El problema es tratar de imitar a una persona en lugar de decir abiertamente que es un bot. Podrían hacer como que son C3PO, o R2D2, sin subterfugios. ¿No quedaría más honesto y simpático?

No todo es AI

“Dejemos de llamar Inteligencia Artificial a todo”, dice Michale I. Jordan, un pionero en la cosa del Machine Learning.

“En el futuro cercano, los ordenadores no van a ser capaces de estar al nivel de los humanos en su habilidad de razonar de forma abstracta sobre las situaciones del mundo real. Son muy buenos en el reconocimiento de patrones pero no son capaces de entender el mundo ni de formular y perseguir objetivos a largo plazo. Es necesaria la interacción de humanos y ordenadores para dar soluciones a los problemas, la inteligencia en sistemas complejos es el resultado de la interación y de la inteligencia de las personas”.

Los humanos, por ahora, seguimos siendo necesarios.

Culto al meme

A Che Guevara la cosa de gobernar le aburría un poco. Eso de ser Ministro de Finanzas y Presidente del Banco Nacional le permitió experimentar la diferencia que existe entre unos ideales ambiciosos y la disidente realidad que no hace exactamente lo que uno quiere.

Así que dejó su puesto de ministro y se dedicó a lo que de verdad le ponía, la cosa de montar revoluciones y derrocar gobiernos. Empezó con el Congo, pais enorme, en el centro de África, lugar ideal para irradiar los ideales a todo un continente. Pero, claro, no es lo mismo aunar esfuerzos en una isla con contornos bien definidos, con apenas un puñado de siglos de historia (en Cuba no queda ni rastro de sus habitantes originarios), que en un lugar como el Congo, con cientos de tribus con miles de años de haber estado por ahí. Lo de “pais”, lo de “nación”, no tiene el mismo sentido en ese contexto. En menos de un año, el Che y sus camaradas acabaron por huir de aquel lugar.

Un año después vuelve a intentarlo en Bolivia, centro geográfico de sudamérica, también un lugar “ideal” para irradiar la Revolución. Y ahí es donde acaba muriendo en combate contra el ejercito boliviano, con la ayuda de la CIA.

El morir por tus ideales puede tener cierta mística, hay algo de romanticismo que te invita a respetarlo. Pero también existe una parte de tozudez, de incapacidad de aceptar una realidad compleja, de simplificarla y buscar soluciones radicales que no han sido validadas, de imponer tus ideales por la fuerza, de atracción por la aventura, por la violencia.

Pero, claro, esas fotos con su mirada al infinito y sus esloganes al estilo “¡Hasta la vitoria siempre!”, queda muy bien en memes y camisetas, que es lo que realmente importa…

Tendencia a la ubicuidad

Una buena parte del tiempo que he trabajado durante los últimos 12 meses lo he hecho en remoto. Como yo, muchísima gente, y esto nos ha hecho cambiar nuestra percepción sobre trabajar desde casa.

Yo era reacio, no me gustaba, y no me gustaba que algunos de los miembros de mi equipo no estuvieren la oficina. ¿Qué estarán haciendo? Esa falta de control me ponía nervioso. Pero este chute de “remoteidad” que todos nos hemos dado nos ha hecho abrir los ojos a algo que tiene más ventajas que inconvenientes.

Entre los inconvenientes está la dificultad de construir relaciones cercanas a través de la pantalla del ordenador, el problema de enseñar a gente nueva que se incorpora al trabajo el detalle de todo lo que tiene que aprender, la separación entre las esferas laborales y domésticas… Pero por cada desventaja podremos econtrar una ventaja que la compense y el balance, algún sociólogo lo demostrará en el futuro, es seguramente positivo.

Así lo empiezan a ver muchas empresas, que se están deshaciendo de caras oficinas en las ciudades y están reclutando empleados globales que trabajan desde el lugar que les plazca. Es una tendencia que acabará por implantarse a una velocidad endiablada.

Bienvenida sea esta tendencia.

La épica de la derrota

Los americanos saben bien como convertir en épica una derrota. El documental “The battered bastards of baseball” cuenta la historia de como Bing Russell, actor secundario de la seria Bonanza, compró los derechos un equipo de beisbol de tercera, en Portland, y convirtió a ese equipo, los Portland Maverics, en un exitoso club independiente que dio mucha guerra a los equipos más importantes, controlados por los clubs de las grandes ligas.

Duró poco, la aventura sucedió entre 1973 y 1977, hasta que Bing Russell, padre del actor Kurt Russell, fue forzado a venderlo por la monopolística liga americana de beisbol.

Mientras tanto llenaron los estadios, ganaron a muchos rivales más poderosos y dieron segundas oportunidades a muchos jugadores válidos. No ganaron realmente nada, pero ahí están, en la memoria colectiva de los aficionados al beísbol, representado las esencias más auténticas de un deporte que es religión para muchos americanos.

Y la historia queda muy bien en un documental.

Nuestro rol en la realidad

La sociedad en la que vivimos es un juego de rol, un gigantesco “Dragones y Mazmorras” en el que todos asumimos un rol, alguien dicta las normas, alguien tira los dados y nos dice qué es lo siguiente que va a pasar.

Existen y han existido diferentes versiones de este juego: tenemos el tablero del gran sueño americano; la versión islamista, con variantes chiíes y shiíes; el del apartheid o las sociedades esclavistas; la legendaria del Imperio Romano; la Comunista, con versiones stalinistas, maoistas, castristas o norcoreanas; o incluso, para darle una vuelta de tuerca a la cosa, la Comunista/Capitalista de Xi Jinping… Y así sucesivamente, como dijo aquel.

Son juegos que cambian, que evolucionan, y ahora vienen con un upgrade tecnológico que va a acelerar ese cambio. Se trata de la realidad aumentada. Hoy una persona puede pasarse por otra en Internet, puede crear perfiles con fotos e informaciones que no se corresponden con su yo fisco, toman el rol de otras personas, las personas que quieran ser. La tecnología permitirá pronto llevar esta suplantación de la persona física al mundo real a través de la realidad aumentada. Llegará un día en el que todas las personas portarán artilugios que les permitirá ver más allá de lo que es visible en el mundo real, además de ajustar esa realidad para retocarla, adornarla, embellecerla.

Algo treméndamente confuso, incluso escandaloso, para una persona de principios del siglo XXI. Pero, ¿no estaría también confusa una persona que trajeramos en una máquina del tiempo desde del siglo I a nuestro presente? No olvidemos que todo esto empieza como un juego, y las reglas del juego cambian continuamente.

Futuro colectivo

El mundo se ha vuelto más complicado. Ya no es ese mundo de genios que descubren o inventan cosas extraordinarias por sí mismos, al estilo de Einsten “cerrando los ojos y pensando muy fuerte” desde su oficina de patentes en Berna. Hoy para conseguir avances significativos hay que trabajar en equipo, cada vez hay menos cosas que se pueden hacer desde el garage de tu casa.

En ese mundo de inteligencia colectiva e individualismo menguante todos nos convertimos en hormiguitas que contribuyen, a veces de forma heroica, al resultado del trabajo en equipo.

¿Cómo será el mundo en un par más de generaciones? Esta tendencia a lo colectivo más el papel de la robótica y la Inteligencia Artificial dará lugar a unos seres humanos con, digamos, “menos consciencia hacia lo individual”.

Imaginemos entonces una consulta a un psicólogo en el año 2095. Tumbado en un divan virtual, con un psicólogo que no sabes si es real o un androide o una recreación virtual de un psicólogo con pipa o una psicóloga con gafas y un bloc de notas. El paciente, un humano que aporta laboralmente un número reducido de horas semanales a una gran corporación, comparte con la psicóloga virtual unas pesadillas recurrentes que ha tenido durante semanas: se ha caido en la calle, no puede levantarse, una multitud pasa alrededor suyo pero nadie le ayuda. ¿Por qué tengo esta pesallida, doctora? La recreación virtual de una psicóloga con gafas le mira pensativa antes de responderle, con una sonrisa, que es debido a un deseo egoista de ser atendido, es un trastorno histriónico de necesidad de ser el centro de atención. Tómese estas pastillas y se le pasará…

Inmortalidades inesperadas

Vincent Van Gogh murió en 1890 como un pintor fracasado. Más de cien años después es uno de los pintores más icónicos, más conocidos. Es lo más parecido a un ser inmortal, va a permanecer en la memoria colectiva de la humanidad durante todo el tiempo que a la humanidad le de por existir.

Otros individuos no supieron en vida el impacto que iban a tener después de muertos. Como Edgar Allan Poe, quien murió alcoholizado y empobrecido en 1849; o el sacerdote Gregor Johan Mendel, que murió en 1884 sin saber que sus experimentos en la huerta de su monasterio iban a convertirse en un hito en la historia de la ciencia.

Si nos vamos más atrás en el tiempo no tenemos certezas de fechas o incluso de la misma existencia de la persona. Por ejemplo, es posible que existiera un buen ladrón en un bosque de Inglaterra hace cientos de años que sirvió de inspiración a la leyenda de Robin Hood, ladrón que no tenía ni idea de lo que la posteridad le iba a deparar; o cuando veo la estatua de El Cid en una de las céntricas plazas de mi ciudad, Valencia, me pregunto si aquel mercenario esperaba estar en medio de un cruze repleto de diabólicos vehículos mil años después de su muerte… Supongo que no.

Conjeturas razonables

La Conjetura de Goldbach establece que todo número par es la suma de dos números primos. Así, por ejemplo, el 36 es la suma de 17 y 19, o 82 es la suma de 79 y 3, incluso números como 911.111.111.344 es la suma de 911.111.111.243 y 101.

Esta conjetura ha sido confirmada para números pares en el rango de billones, pero aun así no ha sido probada. Los números pares siguen hasta el infinito, y un sólo ejemplo de número par que no sea la suma de dos números primos tiraría abajo la conjetura.

Este es un ejemplo que leo sobre “cosas que existen que no pueden ser conocidas por completo”, sobre los límites de lo que puede ser conocido incluso en campos como las matemáticas.

La verdad es que la cabeza me da la vueltas con artículos como este, supongo que not termino de entenderlo todo, pero me llega una conclusión que puedo aceptar, esto es, que existen límites a lo cognoscible, que a pesar de el push de confianza que nos ha dado la ciencia en los últimos siglos no todo puede ser probado con certeza.

Pero esto no puede ser una puerta para admitir pensamientos ridículamente esotéricos. Porque puede que no podamos probar con 100% de seguridad la conjetura de Goldbach pero, vamos, que no está desencaminada. Y además, ¿a quién le importa que un número con cientos o miles de dígitos no la cumpla?