Tu abuelo el anguila

El padre de tu padre, de tu padre de tu padre, de tu padre… (o la madre de tu madre, de tu madre, de tu madre…). Si seguimos así unos 500 millones de años nos encontramos a esto:


No es un abuelo de los que sacan a pasear a los nietos al parque, pero según unos científicos de la Universidad de Cambridge este podría ser el ancestro común de seres humanos, serpientes, osos o cebras. Así que, bueno, mostremos respeto a nuestros mayores.

¿Será niño, niña u Homo Sapiens Novo?

Las ecografías permiten hacer un seguimiento del embarazo, detectar problemas, prevenir riesgos, además de algo que tiene más de capricho que de otra cosa: saber el sexo del bebé.
Esta tecnología, unida a las políticas y a las preferencias culturales en algunos países como la India o China, ha provocado un desequilibrio del ratio de nacimientos por sexo. Lo normal son 105 niños por cada 100 niñas, en estos países la media está en 118:100, con algunas de sus regiones acercándose incluso al 150:100. Un desequilibrio de decenas de millones de niñas que deberían haber nacido pero que no están ahí, con consecuencias sociales que apenas empezamos a vislumbrar.
La ingeniería genética permitirá probablemente decidir sobre la altura, el color de los ojos, la inteligencia, la capacidad atlética… Algo tan tentador y hasta cierto punto comprensible puede, con el paso de los siglos, no ya cambiar las sociedades sino derivar en la disgregación de nuestra especie, reviviendo tiempos pretéritos, de cuando los Neandertales y los Sapiens competían por la supervivencia en un mismo hábitat.

Curiosidad, locura o estupidez como salto evolutivo

Genéticamente hablando, nos diferenciamos muy poco de nuestros primos extintos, los Neandertales. Incluso los últimos avances muestran indicios de que con ellos, entre un dos y un cuatro por ciento, lo que sugiere que hace decenas de miles de años tuvimos encuentros sexuales con las correspondientes consecuencias…

Pero los Neandertales no desarrollaron la tecnología que los Homo Sapiens lograron (tenían herramientas, pero eran prácticamente las mismas generación tras generación, con mínimas variaciones entre ellas); no se han encontrado claros y evidentes objetos artísticos o meramente ornamentales, como collares o pinturas; y nunca llegaron a sitios como Australia, América o Madagascar porque al parecer no eran capaces de navegar. Sólo los humanos modernos tuvieron ese punto de locura que les llevó, hace alrededor de 50.000 años, a subirse a un rudimentario barco y dirigirse hacia el mar abierto, buscando sitios que estuvieran más allá del horizonte.

Svante Pääbo, el jefe del Departamento de Genética Evolutiva del Instituto Max Planck, lidera el proyecto que trata de descifrar el genoma Neandertal y espera encontrar esa mínima diferencia que nos separa de ellos, una pequeña inversión de un anónimo cromosoma que convirtió al Homo Sapiens en un ser curioso e insensato, en un loco, en un visionario. Una ridícula mutación que alteró el comportamiento de una de las especies del hasta entonces vulgar género Homo, y que con el paso de los milenos estaba llamada a cambiar el ecosistema de todo el planeta.

(Basado en el artíclo de The New Yorker, Sleeping with theEnemy)