Sobre las cosas del querer

La serie de televisión “Soulmates”, creada por uno de los guionistas de Black Mirror, narra un futuro cercano en el que una empresa ofrece la posibilidad de encontrar a tu “alma gemela”.

A partir de esta premisa, cada capítulo cuenta una historia diferente, en la que las personas, la mayoría de ellas ya casadas, se encuentran ante la tentación y el dilema de conocer a verdadera media naranja.

Me gustan este tipo de historias porque más allá de entretenerte te ofrecen la posibilidad de repensar cosas cotidianas. Aunque en este caso nunca he creído en el concepto de “alma gemela”. De hecho considero que es hasta dañino, por el componente de predestinación que conlleva.

Una relación empieza por las circunstancias: te encuentras por casualidad por ahí, amigos de amigos, trabajo, universidad… Hay un componente totalmente azaroso en esto. Luego es cuando viene lo interesante y lo complicado: conocerse, entenderse, disfrutarse. Una relación no está predestinada, hay que trabajarla, y es en ese trabajo donde está el quid de la cuestión. Está la atracción, absolutamente necesaria, pero está también el “querer quererse”.

¿Me hace esto menos romántico? Supongo que es cuestión de gustos, pero para mí es mucho más romántico pensar que si estoy con alguien es porque yo lo he decidido, porque yo me lo he currado, que pensar que si estoy por alguien es porque “alguien o algo” lo ha decidido por mí.

Flotar por culpa de Netflix

Isaac Newton desarrolló varias de sus teorías y descubrimientos durante el confinamiento por peste bubónica en 1665. Dicen que Shakespeare escribió algunas de sus obras durante otra cuarentena por peste en 1606.
Seguramente no sufrían las distracciones de niños montando alboroto alrededor, y por supuesto no tenían las tentaciones de perder el tiempo navegando por las redes sociales o ver series en Netflix.
¿Existiría hoy una Teoría de la Gravedad si Isaac Newton hubiera tenido una suscripción a Netflix?
Quién sabe, a lo mejor estaríamos ahora flotando por nuestra habitación si el bueno de Isaac se hubiera enganchado durante su confinamiento a Breaking Bad o a Black Mirror.

Un, Dos, Tres

Hace unos días estaba previsto que Chicho Ibañez Serrador acudiera a La Ventana de la Cadena Ser, para hablar de los 20 años del Un, Dos, Tres, pero una indisposición le impidió ir a la emisora. De todas formas invitaron a los oyentes a que llamaran para compartir sus recuerdos del programa, especialmente si participaron en él, y la verdad es que resultó bastante entretenido (podcast aquí)

Llamó por ejemplo una persona que cuando era niño vivía en frente de la empresa que recibía los jueves los vídeos del programa (era grabado en sesiones maratonianas). Era la estrella de su escuela, porque los viernes por la mañana podía contar lo que iba a pasar en el programa esa misma noche debido a que su padre tenía amistad con las personas que tenían acceso a los vídeos.
Por otra parte, llamó un exconcursante que contaba como tenían que simular que miraban al escenario donde las azafatas hacían sus números musicales, a pesar de que ese escenario no estaba ahí (estos números eran grabados en otro estudio, sin público). La azafata aparecía de entre las cámaras como si realmente acabara de venir del lugar de la actuación. 
Y otro punto sorprendente, contaba como la grabación se paraba tras el fallo en las respuestas de las parejas (…por 25 pesetas la respuesta acertada…). Unos guionistas se encargaban de buscar el ripio más apropiado y la grabación se reanudaba, magia de la edición, con la respuesta ingeniosa de las Super Tacañonas.