Ventajas evolutivas agoreras

Acabo de leer un artículo que advierte de uno de los peligros del Cambio Climático: la liberación de virus que se esconden en el permafrost, tierra congelada de la superficie terrestre que cubre hasta el 20% de la superficie terrestre (entre Siberia, Canadá y Groenlandia). El otro día me vi una de esas películas de desastres, sobre un cometa que se estrella contra nuestro planeta arrasando la población mundial. También leo hace unos días artículos sobre los peligros de un nuevo crack económico…

Si te da por tomarte todas estas cosas a pecho, la reacción lógica a todo este drama es ponerse a llorar…

Los seres humanos tenemos querencia por los conceptos apocalípticos, por historias en los que el mundo se hunde, en las que los cielos se ponen rojos y la sociedad sufre mancomunadamente castigos de escala bíblica. Y cada época siente que es ahora, es ahora cuando el gran “catapúm” va a suceder, el definitivo, el que va a mandar todo a tomar el culo.

Pero quizás esta “querencia” tiene sus aspectos positivos, es una característica que los humanos tenemos como resultado de la selección natural, una actitud que nos da ventaja en la lucha evolutiva. Quizás los Neanderthales carecían de este toque agorero que tenemos nosotros y por eso ellos desaparecieron y nosotros sobrevivimos, porque mientras ellos, más optimistas y dicharacheros, vivían felices sin conceptos apocalípticos en sus amplios cerebros (más grandes que los nuestros), nosotros veíamos siempre con temor al cielo porque pensábamos que en cualquier momento se nos podía caer encima.

Mente y cerebro

 “La mente es lo que el cerebro hace”.

Esto lo que la mayoría de neurocientíficos dicen, los llamados “materialistas”, porque vinculan la mente a la realidad física del cerebro.

Pero hay otros prestigiosos neurocientíficos que dicen lo contrario, que la mente es algo que puede separarse del cerebro. Para ello ofrecen como pruebas los resultados de estudios científicos que demuestran que operaciones complejas como el cálculo matemático no pueden ser localizados en una parte concreta del cerebro o que las personas a las que se les extirpa una parte del cerebro para evitar ataques epilépticos todavía tienen “consciencia”, todavía “son ellos”.

Yo estoy del lado de los materialistas, supongo que por coherencia con el resto de mi pensamiento. No estoy de acuerdo con las posturas de los no materialistas, pero seguiremos investigando.

Hormigas que se plantean el sentido de la vida

Hay quien dice que de la misma forma que una hormiga no es capaz de comprender la escala humana del mundo que le rodea, nuestra inteligencia no nos permite entender escalas superiores a la nuestra. Este argumento, intelectualmente derrotista, se convierte en un cajón de sastre en el que caben diferentes tipos de creencias, desde los que afirman que los extraterrestres están ya entre nosotros a los que defienden la existencia de Dios o variopintos mundos espirituales, por lo que siempre me sentí incómodo con él.

Pero hoy he visto un documental en el que han explicado de una forma ciertamente esperanzadora los logros del intelecto humano. El presentador, coge la arena de una playa y afirma que existen más estrellas en el Universo que granos de arena en todas las playas del Planeta Tierra, un planeta insignificante, que orbita alrededor de una estrella cualquiera, en el rincón de una galaxia más entre una infinidad de otras muchas. Desde este punto de vista, no es nada desdeñable que nosotros, los seres humanos, hayamos sido capaces de entender nuestro insignificante rol en este Universo. Puede que apenas lo hayamos empezado a entender, pero lo hemos hecho, y nuestro conocimiento sigue creciendo a un ritmo exponencial.

Es como si las hormigas que serpentean por la acera de al lado de casa supieran que existe Australia y la Copa del Mundo de Fútbol.

Así que, a pesar de que ciertamente la mente humana puede tener ciertos límites, estos están todavía por encontrarse, y no me vale el argumento de que no somos capaces de entender ciertas cosas porque no estamos diseñados para entenderlas.

Puertas automáticas, mentes desprevenidas

Hace un par de semanas, viajando en tren, observé como una persona de unos 70 años tuvo dificultades para entender el mecanismo que abría un cerraba una puerta. Era la puerta que comunicaba un vagón con otro, se cerraba de forma automática una vez que te alejabas de la puerta, gracias a un sensor de movimiento. Como el hombre no lo sabía, trataba de cerrar la puerta a la fuerza, cuando se daba por vencido se iba, el mecanismo activaba el cierre automático y el hombre, al darse cuenta de que, de forma lenta, se iba cerrando, se acercaba a la puerta para ayudarla a que se cerrara. Pero, claro, al detectar movimiento, el sensor mandaba a la puerta abrirse otra vez…
Y así, el pobre hombre, tratando de cerrarla, alejándose, acercándose… Una situación algo cómica, la verdad, hasta que algunos de nosotros le indicamos a esta persona que lo que tenía que hacer era olvidarse de la puerta.

Ésta persona no entendía el mecanismo que hacía funcionar esa puerta, era algo tan alejado de sus experiencias que no entendía lo que estaba pasando. Pero, ¿con cuántas de situaciones similares no enfrentamos en nuestro día a día? Tal vez no son tan cómicas o evidentes, pero la complejidad del mundo que nos rodea, su continua evolución, nos expone a muchas situaciones para las que, probablemente, nuestros cerebros no estén adecuadamente equipados.

1954, epidemia de fisuras en los parabrisas de Seattle

Los habitantes de Bellingham, Seatlle, empezaron a notar en marzo de 1954 que muchos de sus parabrisas tenían pequeñas e inexplicables fisuras.
La policía intervino y llegó a pensar que una banda de desalmados vándalos, armados con pistolas de balines, eran los culpables de tanto destrozo. El rumor se extendió por los pueblos vecinos, apareció en la prensa, y más y más denuncias fueron presentadas.
Lo de vándalos con pistolas de balines se quedó algo corto como explicación y diversas teorías, con mucho mas glamour, empezaron a circular:
– el nuevo transmisor que el ejercito había instalado cerca, que transmitía mensajes a los submarinos del Pacífico, era el causante;
– cosa de los rayos cósmicos, probablemente;
– los “mosquitos de la arena”, propios de la zona, la habían tomado con los coches;
– un cambio en el campo magnético de la Tierra debía estar afectando a la estructura interna de los cristales;
– como no, tiene que ser algo sobrenatural, algo relacionado con los”gremlins”.
¿El causante real? Las fisuras habían estado todo el tiempo ahí, pero hasta que los rumores y las noticias aparecieron la gente no se había fijado en ellas.
Simplemente, la imaginación y la alucinación colectiva adornaron la a veces sosa realidad.

1518, epidemia de Baile

En Julio de 1518 a una mujer de Estrasburgo, Frau Troffea, le dió por bailar en plena calle. Una semana después se le habían unido unas 30 personas. Al mes, unos 400 individuos seguían baliando, día y noche, sin parar. La mayoría acabó muriendo por infartos, derrames y agotamiento.
Por increible que parezca, este caso es real, y ni siquiera es el único, parece que hubieron casos similares en 1374, también alrededor del centro de Europa. Éste caso es simplemente el mejor documentado.
Las explicaciones giran en torno a una mezcla de caso de histeria colectiva y un estado de trance. El contexto es el de una sociedad que vive con unos niveles de pobreza extremos, mayores que los de generaciones anteriores, con un gran “estrés social”. Y para completar el círculo, las personas de aquella región creían en ese santo tantas veces nombrado y del que tan poco sabemos, San Vito, al que se invocaba cuando las personas sufrían de algún tipo de convulsión neurológica (lo normal por aquel entonces era creer que estas personas estaban poseídas y eran quemadas en la hoguera). 
Con este caldo de cultivo, los individuos altamente sugestionables pensaron que estaban atrapados por la maldición del “Baile de San Vito”, al igual que las personas que estaban a su alrededor, entrando en un estado de “trance”, de “hipnosis”, que les indujo a bailar hasta la muerte. 
Una mezcla mortal de desesperación y miedo, una muestra de la fragilidad y capacidad de manipulación de la mente.

Procesos subconscientes

Andas por la calle y de repente, sin venir a cuento, recuerdas a una persona determinada.


Parece un proceso totalmente aleatorio de nuestra mente pero es probable que haya sido desencadenado por la persona que se nos acaba de cruzar, que se le parece vagamente o lleva la misma chaqueta, o te está llegando desde el restaurante de al lado, de forma apenas perceptible, el aroma de un  solomillo cocinado con la receta de la última vez que compartiste cena con él.

Átomos del Pensamiento

Mis últimas entradas hacían referencia a los memes y a la inabarcable cantidad de información que existe. Pero, realmente, ¿cuánto de lo que nos rodea es único, no es una mera adaptación de una idea anterior?
¿Sería posible crear un “ingenio” capaz de escanear toda la información de la Red y ofrecer un “Mínimo Común Múltiplo” de las ideas, los “memes primigénios”, sobre los que se sustenta cualquier otra idea?