Logística

En este nuevo mundo en el que nos hemos despertado esperamos recibir un producto al día siguiente de hacer un click en una aplicación o página web. Como niños mimados que somos, nos acostumbramos muy rápido a todo y las empresas tienen que estar a la altura de esta capacidad para entregar productos.

Hoy es “entrega al día siguiente”, mañana será “entrega en el mismo día”, ¿por qué no? Alguna empresa conseguirá dar una nueva vuelta a la tuerca y tendremos lo que compramos en cuestión de horas.

Así que las empresas tienen que considerar la logística como una factor clave en su éxito, porque no se trata de tener el mejor producto en un tiempo en el que todos los productos parecen iguales. Se trata de poder disfrutarlo tan pronto como sea posible.

Producir

Tesla quiere abrir una megafactoría para producir sus coches y está barajando crearla en Reino Unido o Alemania. No sé que lugar elegirá al final, supongo que también está mirando otros lugares, pero el simple hecho de plantearse lugares de la vieja Europa para manufacturar productos va en contra del paradigma que rige los pensamientos de las empresas actuales, porque todo lo que se refiere a producir productos va hoy al sur de Asia.

La razón principal de elegir el sur de Asia es muy simple. La mano de obra es mucho más barata y las condiciones de trabajo son más “relajadas”. Es una situación transitoria ya que los salarios suben y las condiciones laborales mejoran con el desarrollo de esos países, pero mientras tanto las empresas se benefician manufacturando productos por una fracción del coste que tendrían que aplicar si tuvieran que producir en otros lugares más desarrollados.

Es la ley del mercado, en un mundo globalizado no sólo tiene sentido sino que puede ser considerado justo, ya que ofrece la oportunidad de crecer a los países en desarrollo. A los países en desarrollo les toca sufrir la otra cara de la moneda, disfrutando de productos más baratos pero sufriendo en su tejido económico, que se centra más y más en los servicios y se encamina hacia una región que se parece más a un museo o un parque de atracciones.

Por esto la decisión de Tesla de invertir en los viejos países de Europa resulta chocante. Pero tiene sentido, porque el verdadero salto en los niveles de productividad se consigue con la tecnología y la formación de la fuerza laboral, no con salarios bajos y trabajos poco cualificados. Una sociedad no puede sobrevivir con un tejido económico basado sólo en el sector servicios. Necesitamos producir “cosas”, está muy bien tener bares en todas las esquinas pero los clientes de los bares tienen que pagar con dinero que salga de una actividad diferente.

La desigualdad económica entre los países favorece el movimiento de la producción en un mundo globalizado, pero quizás estamos cerca del punto de inflexión en el que la mano de obra barata no sea el principal factor que decide donde producir, sustituido por la tecnología y la productividad.

Poner precio a las cosas

La mentalidad capitalista nos lleva a pensar en términos de precios, de coste, de beneficio. Somos mercenarios que venden su tiempo y habilidades al mejor postor, pero buena parte de nuestro esfuerzo no existe en ese mercado. Ayudamos a nuestros hijos a hacer los deberes, a pintar la casa a un amigo, le dedicamos horas y dinero a ayudar en el casal de la Falla, nos involucramos en alguna actividad con los amigos que requiere un esfuerzo relevante, trabajamos como voluntarios en alguna organización u ONG o escribimos unas líneas cuando encontramos tiempo.

Es el mercado el que decide qué actividades forman parte de él. Darle patadas a una cosa esférica, dependiendo del contexto, es algo absurdo o algo extraordinariamente lucrativo, si hay suficiente gente que quiera poner dinero para verlo.

Cuenta de Resultados y Divorcios

Las empresas miden el resultado de un año, sus pérdidas y ganancias, y definen el éxito o fracaso del mismo a través del número que obtienen. Se cumplen o no se cumplen objetivos en gran medida en función de si la cuenta de resultados muestra el número que se habían marcado.

Pero medir el éxito y el fracaso de lo que sucede en un año sólo pensando en lo que ha sucedido ese año tiene un punto de riesgo. Porque el éxito o el fracaso de hoy no tiene sólo que ver con lo que hemos hecho en los últimos 12 meses, sino en el trabajo que se ha desarrollado en los últimos años. El origen del beneficio de hoy puede estar en el trabajo que se ha hecho con la “imagen de marca” durante 10 años, los productos que vendes hoy se han desarrollado durante años, antes de que te los quitaran de las manos en las tiendas. De la misma forma, las pérdidas de hoy pueden estar relacionadas con malas decisiones tomadas hace tres o cinco años.

Es cierto que existen mecanismos contables que tratan de gestionar este tipo de efectos, como las amortizaciones que distribuyen el gasto a lo largo de los años en los que se va a utilizar un determinado activo. Pero más allá de lo que se puede cuantificar objetivamente existe una serie de decisiones más intangibles que no se van a reflejar en una cuenta de resultados. Una mala estrategia comercial o de desarrollo de productos puede lastrar la cuenta de resultados durante años.

Llevándolo al terreno personal, es como que alguien tenga un mal año debido a un divorcio. La “cuenta del resultado” del año puede mostrar un año horrible, pero el divorcio seguramente se ha ido gestando durante los años anteriores, a pesar de que la “cuenta de resultados” de esos años no lo refleje. Si los años anteriores no se ha “contabilizado” adecuadamente cosas como el tiempo dedicado a tu pareja, las conversaciones intimas, los regalos inesperados, las relaciones sexuales verdaderamente deseadas por ambos, o las sonrisas, el aparentemente satisfactorio buen resultado de los años anteriores fue solo un espejismo, la hecatombe se estaba gestando frente a tus ojos y no te estabas dando cuenta.   

Monopoly y pasos de cebra

Hace poco leí una broma en Twitter que decía algo así como “lo difícil no es emprender, lo difícil es tener un padre que tenga dinero”.

La movilidad social es más una ilusión que una realidad, si naces en una determinada clase social lo más probable es que permanezcas toda tu vida en ella. Y una de las razones que permite esta perpetuación de unos cuantos arriba de la pirámide es psicológica. Diversos estudios muestran menor empatía para la gente que tiene más dinero; en un curioso experimento usando el Monopoly se ve como personas que consiguen ganar el juego partiendo con ventaja no atribuyen su éxito a las ventajas que arbitrariamente han disfrutado sino que vinculan su éxito a su habilidad en el juego y se vuelven más arrogantes; incluso la probabilidad de ceder el paso a un peatón a punto de cruzar un paso de cebra se reduce drásticamente si la persona conduce un vehículo de alta gama.

Puede que no vivamos en un sistema de castas tan descarado como el que se puede vivir en otras sociedades, pero las castas están ahí, aunque no las veamos.

China, India

En China e India hay 3.240 millones de personas, un tercio de toda la población mundial. China todavía tiene un poco más de población, 1.440 millones, pero India, con 1.380 la superará pronto.

Una diferencia relevante entre los dos países es la edad media, en China es de 38 años, mientras que en India es de 28 años. Esto implica que China va a tener por soportar una proporción mayor de jubilados frente una India con una población activa mayor, lo que puede tener un impacto geopolítico muy importante en las próximas décadas.

Toda época ha tenido potencias que han rivalizado por la supremacía, desde los griegos frente a los persas, los romanos frente a los cartagineses, los turcos frente a los europeos, los españoles frente a los ingleses, los ingleses frente a los franceses, los alemanes frente a, bueno, todos, los americanos frente a los rusos…

India frente a China va a ser el gran enfrentamiento de la segunda mitad del siglo XXI. No tenemos que olvidar que comparten una frontera común que ya ha provocado varios conflictos armados en los últimos 50 años.

Esperemos que el desarrollo económico, el “factor pacificador” más importante que existe, en estos dos países sea lo suficientemente grande como para evitar conflictos armados a gran escala.

Caballos y farolas

Nunca se sabe con estas cosas de las citas, pero en muchos sitios en Internet puedes encontrar que Einstein dijo algo así como “si tuviera sólo una hora para salvar la Tierra, utilizaría 55 minutos para entender el problema y 5 minutos para ejecutar la solución”.

Una correcta definición del problema es esencial para resolverlo, porque puedes acabar resolviendo algo que no aporta nada o que no tiene en cuenta el cambiante contexto que nos rodea. Hace más de cien años, ante la necesidad de la gente para llegar más rápido a los sitios, si en tu equipo hubieras tenido entrenadores de caballos te hubieran dicho que la solución era conseguir que los caballos corran más, pero ahí fuera estaba esa nueva, ruidosa y aparentemente incómoda nueva tecnología, el automóvil.

Pero uno de los problemas es la creatividad, tanto en la definición del problema como en el diseño de la solución. Es habitual que los grupos que definen el problema estén llenos de “entrenadores de caballos”, que individualmente pueden ser muy creativos, grandes poetas incluso, pero que ven el mundo en términos de herraduras, sillas de montar y alfalfa. Y luego están los que tienen la creatividad y la flexibilidad de una farola. Este tipo de perfiles son los que dominan los puestos relevantes en las empresas, los que deciden donde gastar el dinero.

Mejorar los “niveles de creatividad” en las áreas de decisión es fundamental para cualquier organización.

Efecto Lameculista

Satisfacer al jefe. Por temor a potenciales repercusiones que puedes sufrir si no lo haces, o porque te sale del alma.

Estos últimos son los pelotas natos, los lameculos innatos. Debe existir una proporción entre la población con esta propensión, proporción derivada de alguna combinación entre genética y efectos medioambientales. Siempre los ha habido, y siempre los habrá.

Lo peor es la cultura pelota que se puede generar en una organización si se dan las condiciones adecuadas. Unos jefes autoritarios, unas condiciones macroeconómicas poco estables, un nivel de desarrollo burocrático que hace que se diluya la relación entre responsabilidad, esfuerzo y resultados. Toda una organización puede convertirse en una organización gobernada por impulsos lameculistas: reuniones en las que, una y otra vez, no se dice nada coherente; falta de debate que desafíe las ideas que la gente propone; agachamiento generalizado de cabeza por el sentimiento derrotista de pensar “que le den por culo a todo, en cuanto pueda salto del barco”; falta de credibilidad en cualquier cosa que te digan…

Este es un riesgo que es directamente proporcional al tamaño de la organización, porque cuanto más grande es, más probable es que se den las circunstancias que lo favorecen.

A mayor tamaño, mayor lameculismo.

Cuidadín con lo que medimos

El sociólogo Donald T. Campbell describió el efecto perverso de los indicadores sociales para medir el éxito de un proceso, algo que se conoce como la Ley de Campbell.

Su observación sugiere que cuanto más utilizado sea un indicador social cuantitativo para la toma de decisiones, mayor será la presión a la que estará sujeto y más probable será que se corrompa y distorsione los procesos que se supone que tiene que medir. Algo así como un principio de incertidumbre social, según el cual no se puede medir o asignar recursos utilizando el mismo indicador.

Los ejemplos que leo sobre esta ley están centrados en cosas como el proyecto estadounidense “No Child Left Behind”, una política que pretende que ningún niño se quede detrás en las actividades docentes. La perversión de esta política es que para conseguir los objetivos marcados el currículum académico se relaja.

Si lo trasladamos a la economía, el indicador estrella de cualquier empresa es la cuenta de resultados, un indicador definitivamente muestra la salud de una organización pero que al convertirlo en objetivo pervierte el funcionamiento de toda la empresa para conseguir un buen número, aunque la fortaleza de la organización para el futuro se vea comprometido.

Si lo trasladamos a la política, el número de escaños en el parlamento es el verdadero objetivo de cualquier partido político. Las decisiones que un partido toma están en función de como afectan a los escaños en una elección futura, no en función del bienestar de los ciudadanos.