Orejeras

En las grandes organizaciones es muy fácil perder de vista el sentido de las cosas. Cada departamento se centra en sus propios objetivos sin entender realmente como estos afectan al fin último de la organización.

En una organización pequeña es más fácil ver como el esfuerzo de uno contribuye al resultado final, entre otras cosas porque una misma persona suele actuar con varios roles a la vez.

La especialización contribuye a la eficiencia, pero el exceso de especialización es contraproducente.

Tendencia a la ubicuidad

Una buena parte del tiempo que he trabajado durante los últimos 12 meses lo he hecho en remoto. Como yo, muchísima gente, y esto nos ha hecho cambiar nuestra percepción sobre trabajar desde casa.

Yo era reacio, no me gustaba, y no me gustaba que algunos de los miembros de mi equipo no estuvieren la oficina. ¿Qué estarán haciendo? Esa falta de control me ponía nervioso. Pero este chute de “remoteidad” que todos nos hemos dado nos ha hecho abrir los ojos a algo que tiene más ventajas que inconvenientes.

Entre los inconvenientes está la dificultad de construir relaciones cercanas a través de la pantalla del ordenador, el problema de enseñar a gente nueva que se incorpora al trabajo el detalle de todo lo que tiene que aprender, la separación entre las esferas laborales y domésticas… Pero por cada desventaja podremos econtrar una ventaja que la compense y el balance, algún sociólogo lo demostrará en el futuro, es seguramente positivo.

Así lo empiezan a ver muchas empresas, que se están deshaciendo de caras oficinas en las ciudades y están reclutando empleados globales que trabajan desde el lugar que les plazca. Es una tendencia que acabará por implantarse a una velocidad endiablada.

Bienvenida sea esta tendencia.

Los campos que nos alimentan

Un inventor holandés ha desarrollado un método para acelerar el crecimiento de las plantas gracias a luz ultravioleta que aplica a las plantas durante la noche. El resultado parece más un espectáculo artístico que algo científico, pero según afirman ellos, puede reducir el uso de pesticidas un 50%. En el video que utilizan para promocionar su innovación dicen un par de cosas inspiradoras:

“… apenas nos damos cuenta de los campos que nos alimentan…”

“…¿Cómo podemos mostrar la belleza de la agricultura? ¿Cómo podemos convertir al agricultor en héroe?…”

El mundo en el que vivimos está tan “alicatado” que se nos olvida que lo que compramos en el Mercadona ha crecido en un campo.

La rareza del burócrata creativo

Las ideas que acaban por revolucionar el mundo no vienen de las grandes organizaciones. En el caso de las empresas, las que lo trastocan todo empiezan en un garaje, como Apple, o es un repelente adolescente sabelotodo, como Bill Gates, o unos estudiantes universitarios, origen de Facebook o Google, o una persona que quiere vender libros por Internet, como Amazon.

Una de las razones es que las grandes corporaciones son burocráticas por definición: es necesario definir procesos, la claridad en los roles es esencial, existen capas y capas de gente que hace esto o aquello, y la empresa se llena de perfiles que son más políticos, menos creativos, más… aburridos. En este contexto generar buenas ideas en una gran organización, ideas que realmente lo trastocan todo, es prácticamente imposible.

Carrera de cryptocurrencies en Oklahoma

La historia de Estados Unidos en el siglo XIX es algo así como un experimento sociológico de la creación de un país.

Un vasto, vastísimo territorio, del tamaño de la vieja Europa, con una densidad demográfica mínima. Unos habitantes de origen europeo ávidos de ocupar territorios, sin importarles los derechos de los que ya lo estaban habitando, los indígenas americanos.

La imagen de la carrera de la película “Un horizonte muy lejano” en la que se entregan tierras gratis en Oklahoma para el primero que las pille es una muestra del contexto que se vivió en Estados Unidos a finales del siglo XIX. Tiene un trasfondo de injusticia con los “indios”, pero es una de las razones del crecimiento de un Estados Unidos que ha influenciado tanto el siglo XX.

Entregar tierras gratis a las personas para que las exploten… Es un concepto con toques “socialistas” para el país “capitalista” por excelencia… En cierto sentido está relacionado con conceptos como la renta universal que algunos economistas promueven.

¿Sería posible hacer algo parecido en el presente? No tenemos tierras que repartir hoy en día, pero tenemos algo que podría utilizarse de forma parecida. ¿Y si repartiéramos cryptocurrencies a todo quisqui? Con la condición de que los “exploten”, que sirvan para invertir en economía real. En realidad es algo que se puede hacer con el dinero “normal”, imprimiendo más billetes con el consabido efecto de generar más inflación. Pero la falta de control central que conlleva el mundo de las cryptocurrencies cambia las reglas del juego y seguramente los “efectos tradicionales”. El dinero no es más que una convención, vivimos en dentro de un mundo virtual de Monopoly, constreñidos por las reglas que nos hemos impuesto. Cambiemos el juego, cambiemos las reglas, seamos más ambiciosos en lo que se puede conseguir. ¿Por qué no?

Crypto-timo de la estampita ฿

Las cryptocurrencies, como Bitcoin, te hacen sacar tu lado más especulativo. Con la noticia de que Tesla ha comprado un porrón de bitcoins y la expectativa de que otras grandes empresas hagan lo mismo, hay analistas que dicen que el precio de esta moneda virtual puede subir a los $100.000 o incluso los $200.000, desde los $48.000 actuales.

Que puede bajar a $4.000 en un pestañeo, también, pero la expectativa de que pueda más que doblar el pico de dinero que te puedas permitir hace que el especulador que llevamos dentro te empiece a susurrar “no seas gilipollas, que todo el mundo lo está haciendo, ¿vas a ser tú el último tonto?”…

Pero más allá de que uno sucumba a esa voz cabrona que todos llevamos dentro, es perverso que convivamos con un sistema que permite este tipo de situaciones. ¿Qué sentido tiene que uno pueda doblar o triplicar su dinero simplemente por pura especulación? Uno puede verse beneficiado sin aportar nada de valor a la sociedad, sólo por puro oportunismo. Y si te beneficias es a costa de otros que están siendo perjudicados, en el presente o, sobretodo, en el futuro. Porque este tipo de movimientos especulativos anticipan un beneficio que pagarán los últimos que lleguen a la fiesta. No es una situación “win/win”, hay unos que ganan y otros que pierden.

Un crypto-timo de la estampita. La estampita, ésta estampita: ฿.

Pregunta cuándo

Los titulares alarmistas suelen captar tu atención, no es fácil de evitar. Hoy acabo de leer uno que puede entrar dentro de este territorio, pero que resulta convincente. Va sobre burbujas financieras, sobre lo mal que pinta el ritmo de crecimiento en diferentes areas: la deuda, la bolsa, el valor de las casas, las criptomonedas… Y lo que es peor, según este artículo la crisis que puede venir como consecuencia del estallido de la burbuja será peor que en crisis anteriores debido a que esta vez la burbuja ha entrado en territorios globales, diversos y “contradictorio” (las medidas para frenar una de los problemas son las medidas para incentivar los otros).

Una crisis más, una grande y gorda. La vida está llena de ellas, si este tipo no acierta con su pronóstico, acertará otro. Es como lo del meteorito, la pregunta no es si un gran meteorito se estrellará contra la Tierra, la pregunta es cuando.

Inercia

Elon Musk decide invertir en Bitcoins a través de Tesla. 1.500 millones de dólares, dentro de poco aceptará Bitcoins como pago para sus coches.

Las monedas virtuales son algo nuevo y volátil, misteriosas, existen varias que luchan por hacerse con el control de nuestras transacciones. Pero han llegado para quedarse. El mecanismo de los últimos siglos en los que los gobiernos centrales de los países tienen el monopolio de la creación de moneda está llegando a su fin.

En un mundo globalizado en el que la tecnología permite repensar el cómo se han hecho las cosas hasta ahora, tiene sentido. Las criptomonedas son un síntoma más de que el concepto de nación-estado está en sus últimos estertores. A las multinacionales eso de las fronteras no les dice nada, la empresa en la que trabajo, por ejemplo, está en un proceso de externalizaciones que está durando años y este mismo mes han despedido a gente en Inglaterra para crear esos mismos puestos de trabajo en Polonia. Me puede parecer mal, como le parecía mal a un ibero del siglo II a.C. las invasiones romanas, o a un artesano del siglo XVIII le podía parecer mal la irrupción de los telares, o a un arriero de principios del siglo XX la irrupción de los camioneros. Me puede parecer mal, estoy en mi derecho al pataleo.

Pero la irrupción de las criptomonedas, la hegemonía de las organizaciones privadas transnacionales, la caída de los estado-nación son cosas de la inercia histórica. Ni mejor ni peor. No es que el mundo en el que estamos viviendo hasta ahora sea un ejemplo de perfección, ¿no? Quizás, quién sabe, lo que viene no sea tan malo.

¿Caviar caro? Bien.

Para mí, el caviar iraní siempre ha sido el estereotipo de objeto de lujo. Creo que nunca he probado caviar de verdad, sólo sucedáneos, pero la verdad es que nunca me ha llamado la atención. Siempre he tenido clara la diferencia entre precio y valor. El precio es sólo el resultado de la combinación de la oferta y la demanda, un precio alto no quiere decir que algo sea mejor. Estoy convencido que, por ejemplo, un buen huevo frito, con su puntilla es un manjar que es superior al caviar, si los huevos fritos fueran más escasos que el caviar tendrían un precio más alto. Otro ejemplo es el aire que respiramos, seguramente el bien más valioso que está a nuestro alcance pero, ¿cuánto pagamos por él? Nada.

Hoy no pagamos por el aire, resulta raro pensar en ello. Pero no es tan difícil imaginar un futuro en el que la calidad del aire sea tan peligrosa que las empresas la vean como una oportunidad de negocio. De hecho, esto ya existe, si pensamos en la venta de purificadores de aire, un negocio que empieza a ser considerable especialmente en las urbes donde la contaminación es elevada.

Llevado a un extremo, podríamos llegar a situaciones en las que botellas de oxígeno sean absolutamente necesarias para sobrevivir: las necesitarían unos colonos en Marte, o los supervivientes de una hecatombe nuclear, por ejemplo.

Ojalá no lleguemos a situaciones en lo que lo más básico sea extremadamente caro. En cierto sentido, que existan cosas superfluas y caras, como el caviar, es un síntoma del nivel de abundancia de una sociedad.