Casi la mitad de lo que hacemos cada día no lo decidimos: lo hace la inercia. Conviene saber cuáles de esos hábitos tumbar.
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Todo es «fast» y lo engullimos como el monstruo de las galletas. Y con lo «fast» es más fácil colar lo «fake».
Si voy a pagar por las noticias, no quiero una verdad: quiero todas las versiones de una realidad. Y algo de originalidad.
Si el cargo es honorífico, ¿de verdad no hay nadie en Italia menos polémico que Berlusconi para ocuparlo?
Unas neuronas humanas en una placa de Petri aprenden a jugar al Pong más rápido que una IA. O eso, o fue una noche de farra en Australia.
Bill Clinton no habría sobrevivido hoy al caso Lewinsky. Y la serie lo trata con una indulgencia que no cuela.
Estados Unidos lleva en guerra el 90% de su historia. ¿Y si parte de esa violencia acaba volviendo a sus propias calles?
Unos jinetes de las estepas llegaron a la península y dejaron su cromosoma Y en casi todos. Los hombres de aquí… a saber en qué acabaron.
Nadie sabe definir con precisión la palabra «juego», y sin embargo todos sabemos lo que es. Wittgenstein lo explicó mejor.
Se define un problema, se aplican algoritmos y voilà. Cree en lo que te decimos y no te esfuerces en entenderlo: la nueva religión.
Cualquier cosa que pensamos está trufada de bloques impostores. Reconocerlo ayuda a relativizar quién tiene razón.
Buñuel era ateo, pero no combativo. Es como saber el truco del mago y seguir disfrutando del espectáculo.
Hoy trasteamos con el cerebro con herramientas de carnicero. Algún día podremos operar la personalidad.
La realidad contiene mucho más de lo que sabemos ver. Y quedan pliegues esperando a ser descubiertos.
Si nosotros nos pasamos por el forro los mandamientos de Moisés, ¿por qué iban los robots a respetar las leyes de Asimov?
Del español al bengalí, medio mundo habla una lengua que quizá nació entre unos pastores nómadas de las estepas.
En 1945 nadie concebía un ascensor sin ascensorista. Sereno, aguador, telegrafista… tantas cosas que eran y ya no son.
Al error de una regresión lo llamamos «ruido». Pero entender el ruido es entender el futuro.
Derecho a la vida, a la igualdad, a la intimidad… Echo en falta uno: el derecho a equivocarse.
Cada vez más especialistas y menos gente que entienda el conjunto. Gestionar la tecnología es montar un caballo desbocado.