Ventajas evolutivas agoreras

Acabo de leer un artículo que advierte de uno de los peligros del Cambio Climático: la liberación de virus que se esconden en el permafrost, tierra congelada de la superficie terrestre que cubre hasta el 20% de la superficie terrestre (entre Siberia, Canadá y Groenlandia). El otro día me vi una de esas películas de desastres, sobre un cometa que se estrella contra nuestro planeta arrasando la población mundial. También leo hace unos días artículos sobre los peligros de un nuevo crack económico…

Si te da por tomarte todas estas cosas a pecho, la reacción lógica a todo este drama es ponerse a llorar…

Los seres humanos tenemos querencia por los conceptos apocalípticos, por historias en los que el mundo se hunde, en las que los cielos se ponen rojos y la sociedad sufre mancomunadamente castigos de escala bíblica. Y cada época siente que es ahora, es ahora cuando el gran “catapúm” va a suceder, el definitivo, el que va a mandar todo a tomar el culo.

Pero quizás esta “querencia” tiene sus aspectos positivos, es una característica que los humanos tenemos como resultado de la selección natural, una actitud que nos da ventaja en la lucha evolutiva. Quizás los Neanderthales carecían de este toque agorero que tenemos nosotros y por eso ellos desaparecieron y nosotros sobrevivimos, porque mientras ellos, más optimistas y dicharacheros, vivían felices sin conceptos apocalípticos en sus amplios cerebros (más grandes que los nuestros), nosotros veíamos siempre con temor al cielo porque pensábamos que en cualquier momento se nos podía caer encima.

Volver a empezar

Ya ha empezado. La manipulación genética, digo. Existen técnicas que se están utilizando para manipular el ADN de embriones humanos. Pero no está claro qué impacto van a tener en esos embriones.

Las barreras éticas no van a impedir que estas técnicas, y otras nuevas que vendrán, se utilicen.

La “bifurcación” de la especie humana está a pocas generaciones de producirse. Entre estas técnicas de manipulación genética y los viajes espaciales que también están empezando, en unos cientos de años la especie homo tendrá más un un representante, como en la antigüedad, cuando los homo sapiens convivían con los neardentales o los denisovanos.

5 de la mañana

Arsuaga se sorprende, en libro de Millás, de que la gente no se pelee por el centro de Madrid. Hay una multitud de personas yendo y viniendo, tomándose un café, charlando, sin que nadie se moleste, sin que nadie se incordie, sin pelearse. “Nos hemos domesticado a nosotros mismos, somos unos mansos”, le dice a Millás.

Esto no fue siempre así, los seres humanos hemos sido violentos, muy violentos, hasta ayer mismo. Lo dice también Steven Pinker, que ha defendido en varios de sus libros que vivimos en la época menos violenta de la historia.

Arsuaga lo explica en términos evolutivos: la sociedad ha ido eliminando a los más violentos. Literalmente, ejecutándolos, o encarcelándolos, lo que implica limitar sus capacidades reproductivas. A través de generaciones, esta eliminación de los más violentos va dejando una sociedad de mansos, de personas que favorecen el diálogo frente al mamporro.

Pero este es un proceso relativamente reciente, hace sólo unos pocas generaciones la gente era objetivamente más violenta. En la época de los romanos, los vikingos, la Edad Media, incluso hasta hace bien poco los duelos a muerte eran legítimos, estaban permitidos.

Una anécdota quizá algo exagerada, quizás no. Recuerdo hace veinte años estar a las 5 de la mañana en un bar al aire libre de la Malvarrosa, cerrando la noche de Valencia. Un amigo me presentó a un amigo suyo italiano, que había venido por primera vez a la ciudad. Este italiano estaba alucinado con lo que estaba viendo: eran las 5 de la mañana, con un local repleto de varones borrachos y un buen número de chicas alrededor y… ¡nadie se estaba peleando! A los ojos de un italiano, llegar a esas horas de la noche, en ese contexto, era todo un logro que no hubiera algo de lío.

Quizás los valencianos nos amansamos antes que los italianos…

Convergencias

En el libro “La vida contada por un Sapiens a un Neardental”, Juan Luis Arsuaga le habla a Juan José Millás sobre la convergencia evolutiva, y le pone como ejemplo a Hernán Cortés.

Cortés, cuando llegó a territorio azteca, reconocía lo que veía: soldados, sacerdotes, administradores, escritura, templos… A pesar de que los ancestros de Cortés y los de los aztecas se habían separado hacía miles de años, cuando todavía cazaban mamuts, ambas civilizaciones habían llegado a sociedades parecidas en lo más básico.

En la naturaleza esta convergencia se puede encontrar por todas partes. Algo tan complicado como volar ha sido alcanzado por los seres vivos a través de caminos diferentes: los insectos, las aves (reptiles), los mamíferos (murciélagos)…

El crecimiento de las sociedades humanas tiende hacia la complejidad y la especialización, éstas favorecen la desigualdad. Pero no tenemos que olvidar que no estamos al final del camino, sino que estamos en algún punto intermedio de él.

Por qué no, quizás la conciencia de la desigualdad es el mecanismo que puede ejercer de contrapeso a la brutalidad de los mecanismos evolutivos. Quizás, la justicia y la igualdad sea un punto al que se encuentre en algún lugar del camino.

Civilización a base de pedradas

El paleoantropólogo Juan Luis Arsuaga dice que una de las cosas que han contribuido al desarrollo de los seres humanos es nuestra puntería. Los chimpancés, por ejemplo, no son capaces de tirar una piedra con precisión. Nosotros podemos matar un animal de una pedrada. Tanto es así que los perros todavía hoy retroceden cuando nos agachamos a coger una piedra del suelo.

La pedrada es la primera arma arrojadiza de la historia, la primera pistola, el factor que empezó a equilibrar fuerzas, al herramienta que permitió a los David derrotar a sus Goliat.

Factor Amor en el desarrollo del Ser Humano

Fisiológicamente los seres humanos somos seres humanos desde hace 200.000 años, miles de años arriba o abajo. La “explosión” cultural llegó hace unos 70.000. Así que requirió su tiempo llegar al punto de que la “gente” se comportara como “gente”.

Puede que una mutación genética que favoreciera el desarrollo del cerebro ayudara, pero en principio es la acumulación de conocimiento, gotita a gotita, la que permitió esta explosión de manifestaciones culturales. En un contexto en el que no había un medio escrito sobre el que transmitir el conocimiento, este pasaba de persona a persona, con las limitaciones de la cantidad de información que puede transmitirse con este sistema.

Y un factor importante en este “boca a boca” es tener el suficiente tiempo para recibir y transmitir información. Si te mueres pronto, no da tiempo a mucho que transmitir, la cadena se rompe.

Por otra parte, la continuidad en el tiempo de las comunidades en las que vivían estos individuos es otro factor relevante. De nada sirve tener a unos tipos superinteligentes en una tribu si la tribu desaparece por una hambruna o comidos por unos tigres.

Y para que la tribu tenga más probabilidades para sobrevivir, esta necesita de un número mínimo de individuos, no vale con que la tribu sea sólo de un par de docenas, seguramente hacen falta algunos más.

Por último, el “vivir lo suficiente para contarlo” implica la posibilidad de equivocarse y rectificar, intentar algo, fallar y aprender de ello. En un contexto en el que equivocarse tiene consecuencias físicas, la conclusión es que necesitas de personas que cuiden de tí cuando te equivocas, cuidarte cuando estás malito, un período esencial para recapacitar y aprender de los errores. Así que uno de los factores esenciales para el desarrollo de la cultura es cuidarse los unos a los otros. Llamemos a este último factor, el Factor Amor.

Los hippies de los Neandertales

Los Neandertales evolucionaron en Eurasia, donde habían menos predadores que pudieran comérselos. Por el contrario, los Homo Sapiens, que surgieron del corazón del África, tenían que lidiar a diario con cocodrilos, leones, hienas y bichos de todo pelaje que tenían entre ceja y ceja merendarse a uno de esos sabrosos homínidos.

Así que los Homo Sapiens tienen mutaciones en los genes ADSL, GLDC y SLITRK1, asociados a hiperactividad y comportamiento agresivo, mutaciones que no tienen los hippies de los Neandertales.

Y según una de las teorías que los científicos barajan, esta es la razón por la que nos los cargamos. Vale, tuvimos hijos con ellos y parte de nuestro genoma viene de los Neandertales, pero es poquito, y el caso es que hace ya decenas de miles de años que no se ha visto a un Neandertal por aquí.

Así que la broma del Neandertal rudo, bruto y agresivo, pues no, resulta que tenemos que imaginarlos con una flor en la oreja y un porrete en la mano.


Memorias Defectuosas

  Todos creamos memorias falsas, es un fenómeno psicológico del que no podemos escapar. Fue ya descrito por Sigmund Freud and Pierre Janet a principios del siglo XX. En los 70, Elisabeth Loftus llevó a cabo experimentos en los que se demostraba como las palabras que se utilizan para preguntar sobre un acontecimiento pasado influyen en como lo recordamos: ante un video sobre un accidente de coche, el uso de palabras como colisión, choque o golpe puede variar tu percepción acerca de la velocidad del vehículo o incluso de la visión de cristales rotos sobre el asfalto.

  Otras investigaciones muestran que el recuerdo del pasado está influenciado por las vivencias del presente, de tal forma que se distorsiona cada vez que lo rememoras, pudiendo llegar un momento en el que poco tiene que ver con lo que realmente sucedió.

  Pero la tecnología nos invade, y puede que llegue a transformar nuestro rudimentario sistema de almacenaje de recuerdos. La serie inglesa “Black Mirror“, en el capítulo 3 de la primera temporada (The Entire History of You), nos muestra un futuro cercano en el que la mayoría de las personas (en el primer mundo al menos), tiene unos implantes en el cerebro que les permite grabar en video todos los acontecimientos de su vida, de tal forma que basta con rebobinar al momento adecuado para ver exactamente lo que sucedió. La serie se decanta por el lado más inquietante de esta tecnología: las parejas cuando hacen el amor visualizan actos sexuales pasados, incluso con otras personas; lo convierten en un arma para echarse encara cualquier problema… 


  Y es que a lo mejor un futuro así no puede ser más que inquietante, puede que tener una memoria borrosa, difusa, confusa, sea realmente lo que hace posible la convivencia. Quién sabe, a lo mejor hubo un paso en la evolución en el ser humano en el que las memorias eran perfectas, y esa rama de homínidos acabó extinguiéndose porque se mataron los unos a los otros. Nosotros somos los descendientes de los humanos con memorias defectuosas.

El chiste del bisonte cojo

Reunidos alrededor del fuego en un lugar resguardado de una cueva, hablan de lo acontecido en el día, de los que les espera mañana, de la manada de ciervos que uno de ellos ha avistado en unas colinas cercanas.
En la cueva de Santimamiñe, en Bizkaia, se han encontrado herramientas de sílex, colorantes para teñir cuero o pintar las paredes de la cueva, huesos de animales, restos marinos, con una antigüedad de unos 12.000 años, antes de la agricultura, los dioses monoteístas, las hipotecas, los políticos corruptos, los especuladores, las prisas, los mundiales de fútbol o las redes sociales. Eran grupos reducidos, tan reducidos que ninguno de ellos verá en su vida a más de 100 personas juntas. Se reunían alrededor del fuego y, simplemente, hablaban. 
¿De qué hablaban? ¿En qué pensaban? Ya sé que el primer pensamiento es obvio: de la caza, de la pesca, del frío, de los peligros de los depredadores, de las enfermedades, de las heridas que curar. Pero después de todo esto, las conversaciones relacionadas de alguna forma con la supervivencia, queda la charla informal, la broma, el chascarrillo, los recuerdos, los cuentos para los niños, las historias de los más mayores acerca de la vida de los padres de sus padres de sus padres. Si tenemos en cuenta que el Homo Sapiens surgió hace entre 200.000 y 150.000 años y que hubo una especie de salto “mental” hace entre 100.000 y 50.000 años, nos encontramos con que la mayor parte de la historia de la humanidad ha transcurrido alrededor de esas hogueras, en medio de la sabana, dentro de la cueva, y lo que nos convirtió en verdaderamente humanos, para bien o para mal, fueron esas charlas triviales en las que se bromeaba sobre lo malo que era aquel con el arco. Los últimos 5.000-2.000 años cambiaron nuestra forma de vida, los últimos 200-100 años la han transformado de una forma casi anti-natural. Pero seguro que todavía podríamos reconocernos en esas bromas y cotilleos sobre bisontes, torpezas e infidelidades, contadas alrededor del fuego.