Una funcionaria descubre que cada palabra que decimos queda anotada en una Cuenta de Pérdidas y Ganancias.
Lenguaje
Cuando se creó el mundo no existían las palabras. Puede que vuelva a ser así.
Ganamos «selfie» y perdemos «enaguas». Lo que el vocabulario que nace y muere dice del tiempo en que vivimos.
Opinar de todo sin que nadie te lo pida. Si este blog es cuñadismo, ¿no lo seremos todos un poco?
Las ideas se propagan como virus, buenas y malas por igual. Y usan el lenguaje para hacerlo. Quizá debería callarme.
Arriba es bueno, abajo es triste, lo cálido es amable. Y si estás bajo, muerde un lápiz.
El lenguaje taurino es bellísimo. Lo que describe, no tanto. El lenguaje nunca es neutral.
Hortensia debería ser una ciudad italiana y las Almorranas, un archipiélago del Pacífico. Deslices del que puso nombres.
Una curandera granadina con genitales milagrosos y catorce prepucios de Cristo repartidos por Europa. Cosas del fetichismo de la Iglesia.
Hay quien gana cualquier discusión a base de parrafadas sin rumbo. Y la sociedad los premia con puestos directivos y cargos políticos.
Si la confusión es un orden que no se entiende, ¿cómo llamamos al desorden que creemos entender?
Las injurias no fosilizan bien, pero alguien tuvo que soltar el primer «¡Gilipollas!» de la historia.
Gafas que traducen en tiempo real. Academias de idiomas, vuestros días están contados.
Los tests caseros de la pandemia podrían salvar más vidas de las que se perdieron. Si se aprovechan.
Hay palabras que viven encerradas en los libros y quieren salir. Yo voy a empezar por «zafio».
La mayoría de los debates no son para convencer, sino para ver quién mea más lejos.
Una amenaza pronunciada por desesperada bravuconería puede atravesar veinte años y cambiar el destino de un clan.
¿Cuántas realidades siguen invisibles solo porque todavía no tienen nombre?
Unos gemelos, unos padres que no saben hablar y un juego que acaba en pelea. Así podría haber nacido la primera palabra: un insulto.
Juan a los 43 no es el Juan de los 10, pero sigue llamándose Juan. Nombrar simplifica la realidad y nos esconde que todo cambia.