Frente de liberación de las palabras

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Hay palabras que existen pero apenas se pronuncian, pertenecen a la lengua escrita más que a la hablada.

Por una parte están las obvias, las palabras cultas como «ósculo», «núbil» o «cerúleo». «Te voy a dar un ósculo», «El cielo está cerúleo», «Mi hijo está en edad núbil», no son expresiones que encajen en una conversación de bar con un amigo, ni siquiera en un entorno de trabajo

Pero las que me intrigan más son aquellas que están en ese terreno que existe entre las palabras coloquiales y las cultas. No sé tú, pero en mi humilde día a día no recuerdo haber pronunciado «hojarasca», o «crepúsculo», ni siquiera «locuaz» o «zafio». En mis conversaciones habría utilizado «hojas», «atardecer», «parlanchín» o… «gilipollas».

Así que tenemos este desequilibrio entre palabras que son lanzadas al viento de forma regular, que existen para ser pronunciadas, y palabras que viven para ser escritas, recogiditas en las páginas de las bibliotecas. Algunas de ellas, las más cultas, son como jubilados que viven en una residencia, que se sienten cómodas entre todas esas páginas. Pero otras tienen ganas de escapar, quieren ser pronunciadas y establecerse en el aire. Quizás deberíamos ayudarlas a liberarse, deberíamos formar un frente de liberación de palabras semi-cultas.

Yo voy a intentarlo. La próxima vez que surja, delante de mis amigos, utilizaré la palabra «zafio», a ver que pasa. Y si un amigo me mira mal… será que es un gilipollas.