De los bárbaros no nos han llegado sus pensamientos porque no escribían. ¿Cuál es nuestra excusa?
Historia
La palabra algoritmo viene de un matemático de Bagdad. Hoy los algoritmos deciden qué vemos y qué compramos.
Una curandera granadina con genitales milagrosos y catorce prepucios de Cristo repartidos por Europa. Cosas del fetichismo de la Iglesia.
¿Treinta monedas de plata o un triángulo amoroso con María Magdalena? Elucubraciones sobre los motivos de Judas.
El emperador Hirohito dejó de ser un dios con un párrafo escrito por un teniente coronel estadounidense. Así se degrada uno a simple mortal.
Una apuesta de Lord Byron en una villa junto al lago de Ginebra dio origen a Frankenstein y al primer relato de vampiros.
Esta mañana he girado una esquina y la calle Legazpi ya no estaba. En su lugar, una calle alemana de los años veinte.
Un reverendo que murió sin saber que sus fórmulas, quizá pensadas para calcular milagros, acabarían recomendándote películas.
De los romanos a esta parte, ¿y si los verdaderos reyes del mambo siempre fueron los fontaneros?
Antes había una escupidera en cada bar. Las sociedades cambian, y pueden elegir tener menos inmundicia y menos tontería.
Ellos cruzaron el Pacífico en canoa leyendo nubes y olas; nosotros ponemos el GPS para ir al súper.
Desde la razón no se entiende el apoyo a la monarquía británica. Y ese es justo el error: es pura emoción.
Hay normas que tuvieron sentido hace siglos. La Segunda Enmienda, como algunos versículos del Deuteronomio, quizá ya no.
Castilla, Aragón y Portugal ya tenían a dónde ir. ¿Y Navarra? Pues a conquistar Albania, claro.
De 282 leyes a 53, y Moisés todavía quiere menos. El secreto está en simplificar.
Sócrates ya avisaba de que leer debilitaba la memoria. Conviene recordarlo antes de demonizar las pantallas.
Lápidas erosionadas, historias olvidadas. Quizá nosotros solo somos los huéspedes de las historias.
«Otra victoria como esta y volveré solo a casa». El Brexit y sus efectos retardados en Escocia e Irlanda del Norte.
El juicio a Eichmann cambió cómo vemos el Holocausto. Y se logró con alguna que otra irregularidad.
El espía que inventó a James Bond también escribió un cuento infantil sobre un coche volador.