Sobre pizzas y momias

En 1997 Pizza Hut emitió un anuncio protagonizado por Gorvachov: entraba en una pizzería en la Plaza Roja con su hija, y los comensales de la mesa de al lado, al ver al ex-lider soviético, se ensarzan en un debate sobre lo bueno y lo malo que este lider aportó al país, hasta que una señora zanja la discusión diciendo que “gracias a él tenemos Pizza Hut”.

Este anuncio no se emitió en Rusia, se utilizó principalmente en Estados Unidos, y por este trabajo se dice que el político se embolsó 1 millón de dólares.

Después de 40 años de Guerra Fría, este anuncio, rodado a pocos metros de la momia de Lenin en la Plaza Roja, representa la puntilla del triunfo del capitalismo sobre el comunismo en Rusia.

Gestos

Donald Trump no solía llevar máscaras en público, a sus seguidores no les gustaba. El simple gesto de habérsela puesto más a menudo habría salvado vidas, cientos, miles…

Ahora se sabe que se vacunó en Enero, cuando todavía era Presidente, pero lo hizo en secreto. Otra vez, las dudas sobre la vacuna de millones de sus seguidores no invitaba a hacerlo público. Otra vez, haberlo hecho de forma abierta habría dado visibilidad a el grupo más tozudo de los americanos y más vidas que podrían haberse salvado…

La importancia de los gestos.

Inercia

Elon Musk decide invertir en Bitcoins a través de Tesla. 1.500 millones de dólares, dentro de poco aceptará Bitcoins como pago para sus coches.

Las monedas virtuales son algo nuevo y volátil, misteriosas, existen varias que luchan por hacerse con el control de nuestras transacciones. Pero han llegado para quedarse. El mecanismo de los últimos siglos en los que los gobiernos centrales de los países tienen el monopolio de la creación de moneda está llegando a su fin.

En un mundo globalizado en el que la tecnología permite repensar el cómo se han hecho las cosas hasta ahora, tiene sentido. Las criptomonedas son un síntoma más de que el concepto de nación-estado está en sus últimos estertores. A las multinacionales eso de las fronteras no les dice nada, la empresa en la que trabajo, por ejemplo, está en un proceso de externalizaciones que está durando años y este mismo mes han despedido a gente en Inglaterra para crear esos mismos puestos de trabajo en Polonia. Me puede parecer mal, como le parecía mal a un ibero del siglo II a.C. las invasiones romanas, o a un artesano del siglo XVIII le podía parecer mal la irrupción de los telares, o a un arriero de principios del siglo XX la irrupción de los camioneros. Me puede parecer mal, estoy en mi derecho al pataleo.

Pero la irrupción de las criptomonedas, la hegemonía de las organizaciones privadas transnacionales, la caída de los estado-nación son cosas de la inercia histórica. Ni mejor ni peor. No es que el mundo en el que estamos viviendo hasta ahora sea un ejemplo de perfección, ¿no? Quizás, quién sabe, lo que viene no sea tan malo.

Efecto Expatriado

Por razones de trabajo conozco a muchos expatriados que viven en Singapur. Son personas que llevan años en aquella ciudad-estado del sur de Asia, que viven con sus familias allí, tienen hijos allí, y les encanta vivir allí. Los expatriados que conozco son de países europeos y tiene buenos trabajos con buenos salarios, así que se puede decir que son unos privilegiados en comparación con el común de los mortales.

Pero a pesar de estos privilegios, al ser formalmente extranjeros en Singapur, no pueden participar en la vida política de la ciudad. No pueden votar. ¿Es esto algo que les preocupe? No. Todos piensan que Singapur es fantástico y no sienten una necesidad por votar, muchos no tienen interés por la vida política del lugar.

Hay que recordar que Singapur no es una democracia plena, es más bien un estado autoritario con elecciones formales que se suceden religiosamente cada pocos años en las que siempre gana el mismo partido y la libertad de expresión está comprometida. Pero que funciona muy bien, un autoritarismo tecnócrata y benigno que ha conseguido niveles de desarrollo espectaculares en los últimos 50 años a base de convertirse en un paraíso fiscal para las empresas y un sistema de segregación social en el que la población de origen chino, indio y los expatriados viven en una estable armonía, con la contribución esencial de mano de obra barata proveniente de Malasia que transita de forma permanente, noche y día, sus puentes/fronteras.

Así que “mientras esté yo caliente, ríase la gente”, como dijo aquel. El expatriado ni vota ni falta que le hace. Seguramente se interesará más por las elecciones de su país de origen, a miles de kilómetros de distancia, en las cuales participará por correo, aunque sus efectos directos en su vida sean insignificantes. Por lo menos sirve para saciar la sensación de participación política en sus mentes.

Esta actitud de “mientras esté yo caliente…” es más fácil de discernir con los expatriados que viven en un país aparentemente eficiente, pero en realidad sucede dentro de un mismo país, sea cual sea. Todos tenemos una tendencia, natural, a preocuparnos más por nuestra situación que por otras cosas, mientras estemos bien no nos interesa cambiar nada, y la política es más un entretenimiento, como si de un programa de “Reality TV” se tratara. Nos podemos indignar por esto o por aquello, pero esta indignación es más parecida a las emociones de un forofo de fútbol que a la de una persona realmente preocupada por la política.

Cómo se parecen

Los que asaltaron el Capitolio el otro día pensaban que eran “el pueblo” haciendo la revolución. También pensaban que eran “el pueblo” los seguidores de Podemos que en 2012 pedían “rodear el Congreso de forma indefinida hasta conseguir la dimisión del gobierno actual, la disolución de las Cortes y de la Jefatura del Estado y la apertura de un proceso de transición hacia un nuevo modelo de organización política, social y económica“, o seguro que Oriol Junqueras piensa que es “el pueblo” cuando dice que “nunca renunciaré a la independencia unilateral”.

Supongo que es un problema de percepción estadística. Es un hecho con los seres humanos no somos muy buenos haciendo cálculos probabilísticos, seguramente porque desde el punto de vista de cada uno de nosotros siempre tenemos la sensación de estar en el centro de lo que observamos y que los demás están alejados de nosotros. Es lo que tiene no ser capaces de volar como un pájaro para darnos cuenta de nuestra posición real en el mundo.

¿Tendrán los pájaros una mejor capacidad estadística que los humanos?

Donald Trump, el síntoma

Donald Trump perdió las elecciones, pero 74 millones de personas, el 47% de los votantes, pensaron que Mr. Trump era el mejor candidato para presidir Estados Unidos. Y lo más sorprendente de todo, tras 4 años en los que Mr. Trump demostró sus dotes como presidente.

¿Ha sido sólo un mal sueño, un traspiés, un despiste, tras el cual volvemos todos a la normalidad? ¿O la aparición de Mr. Trump ha destapado la realidad, el verdadero yo de millones y millones de personas? Trump puede que acabe por irse, pero los 74 millones de personas que a pesar de todo le votaron, están ahí.

Y vale, muchos de esos millones de personas más que votar a favor de Trump estaban votando en contra de los demócratas, del establishment y todo eso, no es que realmente estuvieran a favor de ese personaje, pero hay que tener mucho estómago para votarle. Y no es que los 81 millones de personas que votaron por Biden sean todos un ejemplo de visión política, de ecuanimidad o de imparcialidad, entre esos millones de personas muchos votaron más con las vísceras que con la cabeza.

La situación en otros países no es muy motivadora tampoco. Boris Johnson y el Brexit, Bolsonaro, las deprimentes opciones políticas en España… Puede que no hayan llegado a los niveles caricaturescos de Trump, pero no andan muy rezagados.

Millones y millones de personas, en todos los países, deciden las opciones políticas en medio de un confuso maremágnum de reality shows, de tertulianos, de tweets, de titulares, de confusiones, de miedos viscerales. La democracia que sale de ese mejunje es baja en racionalidad y ecuanimidad, alta en nerviosismo y arrebatos, carente de empatía y cordialidad.

Donald Trump no ha sido el problema, ha sido sólo un síntoma.

El Capitolio, siguiente fase tras la “reality TV”

Las imágenes de la ocupación del Capitolio en Washington provocan vergüenza ajena. ¿Cómo se ha podido llegar a este punto? No es suficiente tener a un loco anaranjado como presidente, es necesario un buen número de seguidores con cerebros perezosos y ganas de jarana.

La gente que ha invadido el Capitolio sienten que viven dentro de una película, actúan como turistas tomándose fotos, grabándose en video. Es un nuevo salto en el mundo del espectáculo: primero fue ser audiencia pasiva de una ficción que te cuenta, en los últimos años dejamos de interesarnos por simples ficciones a interesarnos por “reality tv”, el siguiente paso es el de ser protagonista de tu propia aventura, de una película en la que asaltas Capitolios, una “realidad virtual” en la que te sumerges para protagonizar una producción holliwoodiense.

Cuidadín con lo que medimos

El sociólogo Donald T. Campbell describió el efecto perverso de los indicadores sociales para medir el éxito de un proceso, algo que se conoce como la Ley de Campbell.

Su observación sugiere que cuanto más utilizado sea un indicador social cuantitativo para la toma de decisiones, mayor será la presión a la que estará sujeto y más probable será que se corrompa y distorsione los procesos que se supone que tiene que medir. Algo así como un principio de incertidumbre social, según el cual no se puede medir o asignar recursos utilizando el mismo indicador.

Los ejemplos que leo sobre esta ley están centrados en cosas como el proyecto estadounidense “No Child Left Behind”, una política que pretende que ningún niño se quede detrás en las actividades docentes. La perversión de esta política es que para conseguir los objetivos marcados el currículum académico se relaja.

Si lo trasladamos a la economía, el indicador estrella de cualquier empresa es la cuenta de resultados, un indicador definitivamente muestra la salud de una organización pero que al convertirlo en objetivo pervierte el funcionamiento de toda la empresa para conseguir un buen número, aunque la fortaleza de la organización para el futuro se vea comprometido.

Si lo trasladamos a la política, el número de escaños en el parlamento es el verdadero objetivo de cualquier partido político. Las decisiones que un partido toma están en función de como afectan a los escaños en una elección futura, no en función del bienestar de los ciudadanos.

 

Feudalismo Multi-nacional

Amazon, Apple, Coca-Cola, Shell, Ford, Toyota, Unilever, Accenture, ExxonMobil, IBAM, Microsoft, Glencore, Samsung, Nestlé, Google, Vodafone, McDonald’s, Alibaba, Facebook…

Todas estas empresas son multinacionales, con un producto interior bruto mayor que el de muchos países. Como el término “multi-nacional” indica, son organizaciones que van más allá de las fronteras de los países de los que surgieron, con el tiempo el centro de todas ellas se difumina, decisiones empresariales que las hacen gravitar hacia los lugares con impuestos más laxos, la fuerza de trabajo se distribuye hacia los lugares con mano de obra más barata, los países rivalizan por obtener sus inversiones, sus innovaciones afectan al desarrollo de una región, de una nación, de todo el planeta.

Sin querer caer en razonamientos conspiranoicos, la realidad es que la gestión de estas empresas no se rige por principios democráticos, sino por principios de propiedad privada. Todo el extraordinario poder que estas empresas poseen no está regido por principios relacionados con el bien común, sino con principios relacionados con la maximización del beneficio.

La sensación es la de vivir en una nueva versión de feudalismo en la que unos oligarcas tienen todo el poder y el resto somos siervos que contribuyen a su riqueza.