El origen literario de la realidad

En principio, lo obvio, es que la literatura, y otro tipo de creaciones, se nutra de la realidad. Un escritor se basa en sus experiencias, en los sucesos que le rodean y en la historia, y de este batiburrillo el autor crea una obra que el público apreciará en mayor o menor medida.

Pero también existe el proceso de retroalimentación que lleva a que una obra de ficción influya de forma determinante en la realidad. Las manifestaciones de este efecto van desde las lecciones subliminales de las películas de Disney, reforzando estereotipos de género, culturales o de raza, a las películas del oeste, exaltaciones de la individualidad en las que el heroe define lo que es bueno o es malo en función de su experiencia directa y sus instintos.

El caso que me ha resultado curioso esta semana es el del Plan Dulles, una teoría de la conspiración que ha existido en Rusia desde hace 50 años. Según esta conspiración, Allen Dulles, jefe de la CIA en los años 50 y principios de los 60, desarrolló un plan para destruir la Union Soviética, a través de una corrupción paulatina de sus valores culturales y morales, promoviendo la violencia, la depravación y el vicio.

Allen Dulles no fue un angelito, para nada. Estuvo detrás de los golpes de estado de Irán y Guatemala, y el proyecto MK Ultra, destinado a identificar y desarrollar nuevas sustancias y procedimientos para utilizarlos en interrogatorios y torturas, con el fin de debilitar al individuo y forzarlo a confesar a partir de técnicas de control mental. Pero, que se sepa, no fue el promotor de ese plan que los soviéticos le achaban. El origen de esa historia está en una novela de 1971, en la que un nazi la explica por primera vez.

El caso es que desde los años 90 este supuesto plan ha sido utilizado en sus argumentos por numerosos políticos y periodistas rusos, como si se tratara de algo específico y real, fomentando el discurso anti-occidental en Rusia, en el que son víctimas de un complot norteamericano y sus agentes pueden estar en cualquier parte.

Se trata más de un síntoma que de una verdadera causa, representa algo así como un estado de ánimo, pero resulta curioso como la realidad y la ficción se entremezclan hasta el punto de no saber realmente lo que es cierto y lo que no.