Neveras con cerveza fresquita, antibióticos, música a un clic. Y aun así nos cuesta ser felices.
Autor: Sergio Rozalén
Cada pocos meses olvido lo mal que lo paso en IKEA. Y vuelvo. Me cago en Darwin.
¿Irías a la guerra? Una pregunta que parecía ajena y que la guerra de Ucrania ha vuelto a poner sobre la mesa.
Desde muy arriba se pierde la humanidad. Quizá por eso ni Dios acierta con la perspectiva.
De joven la meditación me parecía cosa de flojos. Luego creces, y la gilipollez no se va del todo, pero aprendes.
«Aquí viene Boyero», dice mi mujer cuando opino de una película. Ahora hay un documental sobre él.
¿Y si la vida real es la que soñamos y esta es solo el paréntesis?
Una promiscuidad radiofónica que provoca sarpullidos ideológicos. Y que, a veces, me hace cambiar de opinión.
Bombardeamos países y arrasamos ecosistemas. Lo de «sapiens» fue claramente precipitado.
Siglo XXI, tecnología punta y kilómetros de cola ante un féretro real. Necesitamos nuestros mitos.
Si la química del cerebro cambia quiénes somos, quizá el pepino nos ponga pesimistas y los churros filosóficos.
La inteligencia sigue una curva normal; la riqueza, no. El factor escondido se llama suerte.
Pingüinos que no vuelan, ratas condenadas a roer. Prefiero pensar que es el azar y no un diseñador chapucero.
Volver a ver una película con miedo a que haya envejecido mal, y que te guste aún más.
Tres superespías atados frente a una bomba de mecha. De peores han salido, ¿no?
Un médico quiso pesar el alma y le salieron 21 gramos. Por suerte, no es un método de adelgazamiento.
Fermi preguntó dónde estaban todos mientras trabajaba en la bomba atómica. Quizá la respuesta la tenía delante.
Conservadores y progresistas, casi siempre al 50%. ¿Casualidad o ventaja evolutiva?
Un salero que cambia de sitio puede ser más conflicto que una escena llena de gritos.
El conflicto más mortífero desde la Segunda Guerra Mundial y casi nadie lo recuerda.