Sobre las cosas del querer

La serie de televisión “Soulmates”, creada por uno de los guionistas de Black Mirror, narra un futuro cercano en el que una empresa ofrece la posibilidad de encontrar a tu “alma gemela”.

A partir de esta premisa, cada capítulo cuenta una historia diferente, en la que las personas, la mayoría de ellas ya casadas, se encuentran ante la tentación y el dilema de conocer a verdadera media naranja.

Me gustan este tipo de historias porque más allá de entretenerte te ofrecen la posibilidad de repensar cosas cotidianas. Aunque en este caso nunca he creído en el concepto de “alma gemela”. De hecho considero que es hasta dañino, por el componente de predestinación que conlleva.

Una relación empieza por las circunstancias: te encuentras por casualidad por ahí, amigos de amigos, trabajo, universidad… Hay un componente totalmente azaroso en esto. Luego es cuando viene lo interesante y lo complicado: conocerse, entenderse, disfrutarse. Una relación no está predestinada, hay que trabajarla, y es en ese trabajo donde está el quid de la cuestión. Está la atracción, absolutamente necesaria, pero está también el “querer quererse”.

¿Me hace esto menos romántico? Supongo que es cuestión de gustos, pero para mí es mucho más romántico pensar que si estoy con alguien es porque yo lo he decidido, porque yo me lo he currado, que pensar que si estoy por alguien es porque “alguien o algo” lo ha decidido por mí.

Efecto Expatriado

Por razones de trabajo conozco a muchos expatriados que viven en Singapur. Son personas que llevan años en aquella ciudad-estado del sur de Asia, que viven con sus familias allí, tienen hijos allí, y les encanta vivir allí. Los expatriados que conozco son de países europeos y tiene buenos trabajos con buenos salarios, así que se puede decir que son unos privilegiados en comparación con el común de los mortales.

Pero a pesar de estos privilegios, al ser formalmente extranjeros en Singapur, no pueden participar en la vida política de la ciudad. No pueden votar. ¿Es esto algo que les preocupe? No. Todos piensan que Singapur es fantástico y no sienten una necesidad por votar, muchos no tienen interés por la vida política del lugar.

Hay que recordar que Singapur no es una democracia plena, es más bien un estado autoritario con elecciones formales que se suceden religiosamente cada pocos años en las que siempre gana el mismo partido y la libertad de expresión está comprometida. Pero que funciona muy bien, un autoritarismo tecnócrata y benigno que ha conseguido niveles de desarrollo espectaculares en los últimos 50 años a base de convertirse en un paraíso fiscal para las empresas y un sistema de segregación social en el que la población de origen chino, indio y los expatriados viven en una estable armonía, con la contribución esencial de mano de obra barata proveniente de Malasia que transita de forma permanente, noche y día, sus puentes/fronteras.

Así que “mientras esté yo caliente, ríase la gente”, como dijo aquel. El expatriado ni vota ni falta que le hace. Seguramente se interesará más por las elecciones de su país de origen, a miles de kilómetros de distancia, en las cuales participará por correo, aunque sus efectos directos en su vida sean insignificantes. Por lo menos sirve para saciar la sensación de participación política en sus mentes.

Esta actitud de “mientras esté yo caliente…” es más fácil de discernir con los expatriados que viven en un país aparentemente eficiente, pero en realidad sucede dentro de un mismo país, sea cual sea. Todos tenemos una tendencia, natural, a preocuparnos más por nuestra situación que por otras cosas, mientras estemos bien no nos interesa cambiar nada, y la política es más un entretenimiento, como si de un programa de “Reality TV” se tratara. Nos podemos indignar por esto o por aquello, pero esta indignación es más parecida a las emociones de un forofo de fútbol que a la de una persona realmente preocupada por la política.

Regreso al Futuro en Belfast

John DeLorean fue un igeniero norteamericano, hijo de inmigrantes de Rumanía y Hungría, que tras convertirse en uno de los ejecutivos estrella de General Motors decidió crear su propia empresa de automóviles.

El mítico DeLorean de “Regreso al Futuro” fue el coche que su compañía creó, un automóvil con el que pretendió hacer frente a las grandes empresas del sector. Pero sus sueños fueron más grandes que su capacidad de gestionar un desafío como aquel y su inclinación por la vida lujosa y por las trampas contribuyó a su caída. En su desesperación intentó vender cocaína a gran escala, sin saber que en realidad estaba negociando con agentes del FBI.

Su plan para construir el coche del futuro le llevó a montar la fábrica en Belfast, a finales de los 70, un tiempo en el que aquella región era una zona de guerra. El gobierno británico, ávido por encontrar inversores que dieran trabajo a la zona con más desempleo de Europa, subvencionó la fábrica con decenas de millones de libras, y durante un par de años esta fábrica se convirtió en el único lugar de esa región donde los católicos y protestantes convivían en paz. Un gran éxito sociológico, con unos efectos a largo plazo que hubieran sido muy positivos. La pena es que el negocio de DeLorean estaba destinado al fracaso, en buena medida debido a su personalidad y sus dotes como empresario.

Cuando más arreciaban sus críticas, cuando ya se sabía que había intentado vender cocaína por millones de dólares, un documental sobre esta historia muestra una mujer a las puertas de la fábrica que está a punto de ser cerrada a principios de los 80 que dice: “Trabajaría con el diablo si me pagara un sueldo”.

Los valores morales de cada uno de nosotros se adaptan a nuestro contexto. A esta mujer, que vivía en una de las zonas más peligrosas y más pobres de Europa, no le importaba que su jefe vendiera droga y que fuera un empresario desastroso. Lo que le importaba era hacer llegar un sueldo a su casa. Por supuesto.

Lavados de Cerebro Privilegiados

A principios de 1974 un grupo revolucionario californiano secuestró a Patty Hearst, nieta del magnate de la comunicación en el que se basó la película Ciudadano Kane. Esta chica de 19 años se deja llevar por el influjo radical de sus captores y tras un par de meses de cautiverio se considera parte del grupo terrorista, hasta tal punto que participa, ametralladora en mano, en el robo a un banco. Ya no es vigilada, tiene acceso a armas, tiene una relación sentimental con uno de los líderes del grupo.

Meses después parte de los integrantes de este comando muere a manos de la policía, incluyendo al amante de Hearst. Huyen por el país, se enamora de otro revolucionario, asaltan más bancos, provocando la muerte de una mujer, hasta que son atrapados en San Francisco.

Su familia tiene una gran fortuna, los mejores abogados están a su disposición, y en pocos meses pasa de defender la revolución por la que había estado luchando durante los últimos dos años ha acusar a sus captores de haberla violado.

Es condenada pero entre apelaciones, fianzas y perdones presidenciales no pasa apenas tiempo en la cárcel. Y mientras tanto se casa con el policía que le asignan como guardaespaldas. Ella reniega de su pasado, culpa a su juventud, los lavados de cerebro de los terroristas y se convierte en escritora, actriz y modelo.

El dinero sí importa.

Animales de costumbres

Vivimos en un mundo lleno de opciones. En el supermercado disponemos de todo tipo de frutas, podemos elegir vinos de diferentes países o yogures con diferentes niveles de protección para nuestra flora intestinal. Ponemos la tele y perdemos un buen rato en elegir qué canal, qué película, qué serie ver. Podemos ir de vacaciones al campo, a la playa, visitar una ciudad extranjera, coger un avión que nos lleve a un país exótico. Toda la música a nuestra disposición en las plataformas digitales por un módico precio, todos los libros del mundo…

Pero la realidad es que nos aventuramos muy poco fuera de nuestra zona de confort. Entre toda esta diversidad tendemos a elegir siempre lo mismo, o parecido, o algo no radicalmente diferente. En relación a toda esa gran oferta, la aprovechamos poco. Probar algo nuevo siempre requiere algo esfuerzo e implica un riesgo, el riesgo a que algo no te guste, y este riesgo, azuzado por nuestra pereza innata, hace que volvamos a elegir lo mismo que la última vez.

Es lo que tiene ser animales de costumbres.

Cura de humildad

Hace casi veinte años visité las pirámides mayas de Tikal, en Guatemala. Estas esplendorosas ruinas se encuentran en un lugar aislado y selvático, y a pesar de ser conocidas por la gente local fueron “redescubiertas” para la comunidad científica a mediados del siglo XIX. Construidas entre los siglos II y X d.C., eran parte de la capital de uno de los reinos mayas más poderosos de su época. Hasta que, misteriosamente, fue abandonada. Debió ser un proceso que duró varios siglos, pero la naturaleza se encargó rápidamente de ocultarla entre la maleza, hasta tal punto que muchos de los edificios, hoy en día, permanecen cubiertos por capas de tierra y vegetación.

Cuando visité el lugar, el guía nos indicó varias pequeñas colinas en las que, según él, seguramente se ocultan más edificios. Recuerdo particularmente un promontorio en el que varios árboles hundían sus raíces y podías imaginarte perfectamente un edificio bajo ellos.

La sensación que algo así te deja es la de fragilidad. Es una cura de humildad para el ser humano, ver que no importa lo grande o importante que fuiste, a la naturaleza no le importa lo más mínimo y en cuanto te descuides te entierra y planta bonitos árboles sobre tus restos.

Change my mind

Acabo de descubrir a un cómico conservador norteamericano, Steven Crowder, que lleva unos años haciendo algo bastante interesante: se sienta en un lugar público con un cartel con una frase provocativa, del tipo “Sólo hay dos sexos” o “Soy pro-armas”, seguida de la frase “Cambia mi punto de vista” (Change my mind).

A estas horas de la mañana en las que escribo estas líneas no me ha dado tiempo a ver mucho, pero es interesante como las personas que se sientan con él, normalmente con puntos de vista menos conservadores, tienen dificultades para articular sus contra-argumentos.

Y es que nuestros puntos de vista nos pueden resultar evidentes, incluso con los temas más aparentemente obvios, pero todo tema controvertido necesita de reflexión y capacidad de síntesis para expresarlos debidamente.

Este ejercicio tiene la intención de dejar en evidencia a los pensamientos más progresistas y seguramente lo consigue. Por una parte debido a la improvisación de la mayor parte de la gente que se sienta con él, que por mucha razón que crean que tengan, no han tenido tiempo de reflexionar debidamente. Por otra parte está el riesgo de edición de los que producen este programa, seleccionando a las personas y los momentos que más les conviene a sus intereses.

En todo caso, me parece muy interesante esta propuesta, voy a verme unos cuantos capítulos y volveremos con más reflexiones.

Banano malo

En el mar muchas cosas pueden salir mal.

Durante miles de años navegar era una actividad de verdadero riesgo, ríete tú del miedo a volar de hoy en día. Entre la fragilidad de los barcos, la impredecibilidad del tiempo, las enfermedades, los piratas y las leyendas de monstruos marinos, subirse a un barco era como jugar a la ruleta rusa. Así que no es de extrañar que los marinos han sido en el pasado uno de los colectivos más supersticiosos.

Una de las supersticiones más curiosas que tienen es la de los plátanos: tener plátanos a bordo da mala suerte. No se sabe como empezó, hay quien dice que porque de los barcos que se hundían con este cargamento los plátanos eran los restos que quedaban flotando; que si los barcos que transportaban plátanos, como tenían que ir muy deprisa para que no maduraran, a los marinos no les daba tiempo a pescar nada por el camino; incluso se les hecha la culpa a las arañas tropicales que se escondían en el cargamento.

Probablemente no se sabrá nunca con certeza como se originó, pero la tendencia del ser humano a la irracionalidad, al sesgo de conformidad, hace que esa superstición perdure en pleno siglo XXI entre muchos pescadores aficionados.

La ciencia ha avanzado mucho, pero a nivel individual las personas todavía necesitan tener a mano fetiches que les haga sentir la ilusión de que tienen control sobre lo que les rodea.

¿Cualquier tiempo pasado fue mejor?

“Shuffle Play” es una herramienta nueva que Netflix va a poner a disposición de sus subscriptores en la segunda mitad de este año.

Netflix sabe que los usuarios nos pasamos mucho tiempo tratando de encontrar algo nuevo para ver, como si fuéramos drogatas en busca de un nuevo chute, y aunque ya tiene algoritmos que sugieren al usuario nuevos programas, no es suficiente.

Así que han creado otro algoritmo más potente, se supone, que decidirá por ti el siguiente programa que “quieres ver”. Dicen que lo están probando y los resultados son muy buenos… ¿seguro?

Por una parte soy escéptico de que el algoritmo sea capaz realmente de predecir algo que me vaya a gustar, pero eso es lo de menos. Lo realmente preocupante es el peligro de delegar en otros lo que es mejor para nosotros, en externalizar las decisiones a “cajas negras”. Uno puede decir que esto es realmente lo que ha sucedido durante muchos años en los medios tradicionales, forma parte de nuestra infancia el consultar la guía de televisión en el periódico para saber que iban a poner en la tele esa noche. Pero tras todas estas oportunidades que brinda Internet, ¿realmente vamos a dar un paso atrás para volver a lo de antes?

Somos como pájaros que han vivido encerrados en una jaula toda la vida. Nos abren la puerta y no queremos volar.

Selfies

Los espejos hoy en día son normales, estamos muy familiarizados con nuestra rostro, nos vemos todos los días en uno. Pero esto es algo relativamente reciente. Hasta la Edad Media eran muy rudimentarios y escasos, pero la tecnología relacionada con la creación de cristales evolucionó a partir del siglo XIII y el Renacimiento empezó a llenarse de autorretratos. ¿Qué mejor modelo que uno mismo?

Pero, ¿nos hemos pasado de frenada? ¿Nos miramos demasiado en el espejo?