Estados emocionales

La dirección de la economía es guiada por estados emocionales. Si la bolsa sube o baja es por el optimismo o el pesimismo de los inversores, si la gente crea empresas o pide préstamos es porque ven un futuro de crecimiento.

La tecnología actual registra fragmentos cada vez mayores de nuestras vidas: fotos, videos, comentarios en las redes, incluso nuestras conversaciones a través de asistentes personales como Alexa o Cortana. La posibilidad de consolidar toda esta información y medir el estado emocional de una economía, con el fin de predecir su evolución, está ahí. El que sepa sacarle partido puede ganar mucho dinero.

Gestos

Donald Trump no solía llevar máscaras en público, a sus seguidores no les gustaba. El simple gesto de habérsela puesto más a menudo habría salvado vidas, cientos, miles…

Ahora se sabe que se vacunó en Enero, cuando todavía era Presidente, pero lo hizo en secreto. Otra vez, las dudas sobre la vacuna de millones de sus seguidores no invitaba a hacerlo público. Otra vez, haberlo hecho de forma abierta habría dado visibilidad a el grupo más tozudo de los americanos y más vidas que podrían haberse salvado…

La importancia de los gestos.

El aire que nos rodea

El aire que nos rodea esconde obras maestras desde hace poco más un par de décadas.

¿Cómo es esto? Gracias a la magia de las ondas electromagnéticas. Desde la silla de la cocina en la que me encuentro ahora mismo escribiendo estas líneas puedo acceder, si quiero, a películas como “Cadena Perpetua”, “Atrapado en el Tiempo”, “Ciudadano Kane”, “Regreso al Futuro” o “Grease”; o puedo decirle a “Alexa” que ponga canciones de los Beatles, o The Eagles o Joaquín Sabina; o puedo descargarme con un par de clicks “El Quijote”, libros de Unamuno, de Vargas Llosa, de Pérez Reverte, de George Orwell.

Gracias a la magia de la tecnología, que ha sido capaz de empaquetar toda esta valiosa información en paquetes etéreos que navegan los cielos y pueden llegar a cualquier parte del mundo, estoy a un puñado de clicks de distancia de todo ese conocimiento, de todo ese arte…

Y aun así, lo más habitual es utilizar todo ese poder para acceder a todo lo demás que circula por el aire: demagogia, programas basura, conspiranoias, desinformaciones…

Las fuerzas ocultas que dirigen la Historia

Una nueva serie documental en Netflix, Amend, revisa la historia de Estados Unidos, en su primer capítulo Abraham Lincoln es mirado con otros ojos.

Lincoln, uno de los Dioses del Olimpo para un país con sólo historia reciente, no queda bien parado cuando se le mira con una lupa. Lo que le importaba de verdad era la Unión, no los esclavos, no consideraba a los negros como iguales, pensaba que la mejor solución tras ganar la guerra sería mandar a los esclavos liberados a una colonia en Centroamérica, si al final firmó la liberación de los esclavos fue más por tacticismos bélicos que por convicciones humanitarias…

Total, que a ese símbolo con aura de santo resulta que le huelen mucho los pies. Pero, claro, es que nació en 1809 en Kentucky, y lo normal para gente de aquella generación y aquellos lares es que le huelan los pies. Y el problema más que lo que realmente pensaba es la idealización que se ha hecho de él durante 150 años.

Tenemos que recordar que las cosas suceden no porque se sigue un plan maestro en el que los objetivos están claros y los que dirigen el cotarro son unos clarividentes, benignos o malignos. Las cosas suceden por inercia, los protagonistas están ahí por sus circunstancias más que por su valía, a cada acción le sigue una reacción, el egoísmo es una de las fuerzas más importantes en el devenir de la historia, siendo otra de las fuerzas la estupidez.

Así que no idealicemos demasiado las cosas.

Crypto-timo de la estampita ฿

Las cryptocurrencies, como Bitcoin, te hacen sacar tu lado más especulativo. Con la noticia de que Tesla ha comprado un porrón de bitcoins y la expectativa de que otras grandes empresas hagan lo mismo, hay analistas que dicen que el precio de esta moneda virtual puede subir a los $100.000 o incluso los $200.000, desde los $48.000 actuales.

Que puede bajar a $4.000 en un pestañeo, también, pero la expectativa de que pueda más que doblar el pico de dinero que te puedas permitir hace que el especulador que llevamos dentro te empiece a susurrar “no seas gilipollas, que todo el mundo lo está haciendo, ¿vas a ser tú el último tonto?”…

Pero más allá de que uno sucumba a esa voz cabrona que todos llevamos dentro, es perverso que convivamos con un sistema que permite este tipo de situaciones. ¿Qué sentido tiene que uno pueda doblar o triplicar su dinero simplemente por pura especulación? Uno puede verse beneficiado sin aportar nada de valor a la sociedad, sólo por puro oportunismo. Y si te beneficias es a costa de otros que están siendo perjudicados, en el presente o, sobretodo, en el futuro. Porque este tipo de movimientos especulativos anticipan un beneficio que pagarán los últimos que lleguen a la fiesta. No es una situación “win/win”, hay unos que ganan y otros que pierden.

Un crypto-timo de la estampita. La estampita, ésta estampita: ฿.

30 años no son nada

Una de las cosas que me sorprendían cuando leía en el colegio los libros de historia es lo rápido que algunos países cambiaban sus alianzas en las guerras. Una década España luchaba contra Francia, la siguiente se aliaba con Francia para luchar contra los Ingleses. ¿Cómo podía suceder algo así? ¿No eran enemigos? ¿Ahora son aliados?

Pero me hecho mayor, he sido testigo del paso del tiempo durante un buen puñado de décadas, y lo entiendo mejor. En los últimos 30 años he presenciado la caída del Muro de Berlín y de la Unión Soviética; el auge de China como superpotencia capitalista; la desintegración de países, de forma violenta, como Yugoslavia, o de forma pacífica, como Checoslovaquia; guerras salvajes como las de Ruanda o el Congo; la caída de las Torres Gemelas, las invasiones de Afganistán e Irak, las revoluciones árabes; la llegada de un afroamericano a la presidencia de Estados Unidos, y también la llegada de un señor anaranjado; la irrupción de Internet, de las redes sociales, de los móviles; varias crisis económicas globales; una pandemia. Todo esto en poco más de 3 décadas, en lo que viene a ser una generación.

Volviendo a mi juventud, cuando me sorprendía de que las cosas cambiaran tanto entre, por ejemplo, 1630 y 1660, bueno… Pues sí, las cosas pueden cambiar bastante en un puñado de años.

Regreso al Futuro en Belfast

John DeLorean fue un igeniero norteamericano, hijo de inmigrantes de Rumanía y Hungría, que tras convertirse en uno de los ejecutivos estrella de General Motors decidió crear su propia empresa de automóviles.

El mítico DeLorean de “Regreso al Futuro” fue el coche que su compañía creó, un automóvil con el que pretendió hacer frente a las grandes empresas del sector. Pero sus sueños fueron más grandes que su capacidad de gestionar un desafío como aquel y su inclinación por la vida lujosa y por las trampas contribuyó a su caída. En su desesperación intentó vender cocaína a gran escala, sin saber que en realidad estaba negociando con agentes del FBI.

Su plan para construir el coche del futuro le llevó a montar la fábrica en Belfast, a finales de los 70, un tiempo en el que aquella región era una zona de guerra. El gobierno británico, ávido por encontrar inversores que dieran trabajo a la zona con más desempleo de Europa, subvencionó la fábrica con decenas de millones de libras, y durante un par de años esta fábrica se convirtió en el único lugar de esa región donde los católicos y protestantes convivían en paz. Un gran éxito sociológico, con unos efectos a largo plazo que hubieran sido muy positivos. La pena es que el negocio de DeLorean estaba destinado al fracaso, en buena medida debido a su personalidad y sus dotes como empresario.

Cuando más arreciaban sus críticas, cuando ya se sabía que había intentado vender cocaína por millones de dólares, un documental sobre esta historia muestra una mujer a las puertas de la fábrica que está a punto de ser cerrada a principios de los 80 que dice: “Trabajaría con el diablo si me pagara un sueldo”.

Los valores morales de cada uno de nosotros se adaptan a nuestro contexto. A esta mujer, que vivía en una de las zonas más peligrosas y más pobres de Europa, no le importaba que su jefe vendiera droga y que fuera un empresario desastroso. Lo que le importaba era hacer llegar un sueldo a su casa. Por supuesto.

Animales de costumbres

Vivimos en un mundo lleno de opciones. En el supermercado disponemos de todo tipo de frutas, podemos elegir vinos de diferentes países o yogures con diferentes niveles de protección para nuestra flora intestinal. Ponemos la tele y perdemos un buen rato en elegir qué canal, qué película, qué serie ver. Podemos ir de vacaciones al campo, a la playa, visitar una ciudad extranjera, coger un avión que nos lleve a un país exótico. Toda la música a nuestra disposición en las plataformas digitales por un módico precio, todos los libros del mundo…

Pero la realidad es que nos aventuramos muy poco fuera de nuestra zona de confort. Entre toda esta diversidad tendemos a elegir siempre lo mismo, o parecido, o algo no radicalmente diferente. En relación a toda esa gran oferta, la aprovechamos poco. Probar algo nuevo siempre requiere algo esfuerzo e implica un riesgo, el riesgo a que algo no te guste, y este riesgo, azuzado por nuestra pereza innata, hace que volvamos a elegir lo mismo que la última vez.

Es lo que tiene ser animales de costumbres.

Fake News, no so new

Las “Fakes News”, una de las expresiones que están más de moda hoy en día, una novedad de estos tecnológicos tiempos en los que vivimos… ¿o no?

La expresión “Fake News” es nueva, pero su concepto no lo es, ya que ha sido habitual a lo largo de la historia de la humanidad: la caza de brujas, la leyenda negra que Inglaterra difundió sobre España, Octavio Augusto acusando a Marco Antonio de borracho, los periódicos americanos acusando a España de explosionar el Maine en la Habana, las acusaciones de los británicos durante la Primera Guerra Mundial acerca de los alemanes extrayendo grasa de los soldados muertos para hacer jabón…

Y, por qué no, tocando temas más sensibles para algunos, los sucesos milagrosos que son el fundamento de muchas religiones, los ovnis, los fantasmas…

Propaganda, leyendas urbanas, confusiones que se convierten en verdades oficiales, el poder de las “fake news” en el pasado fue probablemente mayor del que es ahora, porque hoy las desinformaciones se propagan de forma vertiginosa gracias a las redes sociales, pero al mismo tiempo existen más mecanismos para contrastar la información. ¿Qué posibilidad tenía una persona de hace cientos de años, viviendo en un pueblo, de entender lo que realmente pasaba a su alrededor? Si le contaban a la luz de la chimenea que existían mujeres que pactaban con el diablo por las noches, que eran las responsables de los males que sufría su región, dicho por personas “respetables” de su comunidad, pues lo más seguro es que se lo creyera y estuviera a favor de quemar en la hoguera a esas mujeres.

El hecho de que seamos conscientes de las “fake news”, de sus peligros, de que seamos capaces de identificarlas, nos pone en una situación mucho mejor de la que tenían nuestros antepasados.

42 y sistemas económicos

El día que hayamos desarrollado esa inteligencia artificial a la que preguntarle cuál es “el sentido de la vida, del universo y todo lo demás”, lo que de verdad tenemos que preguntarle es cuál es el sistema económico y político más adecuado para disfrutar de una sociedad lo más equilibrada posible.

Lo más seguro es que responda “42”, porque ni la inteligencia artificial más poderosa será capaz de resolver ese problema.