El fin y los medios: sentimientos encontrados

El juicio a Adolf Eichmann (1961) marcó un antes y un después en la percepción de los crímenes del nazismo, con la filósofa Hannah Arendt y su libro sobre el juicio con el subtítulo “La banalidad del mal”, con el experimento de Milgram que trataba de responder la pregunta planteada por el juicio, “¿es posible que Eichmann y todos los cómplices en el Holocausto estuvieran simplemente siguiendo órdenes?”, y unos años más tarde el experimento de la Cárcel de Standford, en el que se analiza como las personas podemos cometer barbaridades si nos protegemos por el anonimato o percibimos a los otros como enemigos u objectos.

Otro de los efectos fue el de la percepción de las víctimas del nazismo. En el Israel de los años 50 no se hablaba del Holocausto, haber sido prisionero de un campo de concentración era un estigma porque no se entendía esa pasividad con la que muchos judíos se dejaban llevar a los campos de concentración. El juicio, que duró varios meses, dio la oportunidad a muchas sobrevivientes a contar los horrores que vivieron, de forma pública, televisada, con una repercusión mundial, lo que cambió radicalmente la percepción de lo que había sucedido pocos años antes.

Y todo esto se consiguió gracias a ciertas irregularidades, como la captura ilegal de Eichmann en Argentina por un comando israelí; o el uso de los testimonios de las víctimas en el juicio, que no tenían ninguna fuerza probatoria en contra de Eichmann pero que servían para influir emocionalmente a los jueces.

Este tipo de situaciones son las que siempre me han hecho sentir incómodo con aquella frase de “El fin no justifica los medios”. ¿No? No, cierto, no deberían… pero a veces…