El mismo lenguaje sirve para la poesía cósmica de Carl Sagan y para los 13 millones de naves de Carlos Jesús. Lo siento, no volverá a ocurrir.
Autor: Sergio Rozalén
Te despiertas en una cama que no recuerdas. En el ordenador, un vídeo en el que tú mismo te explicas qué ha pasado.
El emperador Hirohito dejó de ser un dios con un párrafo escrito por un teniente coronel estadounidense. Así se degrada uno a simple mortal.
Un diablo que visita Moscú, Poncio Pilatos y Mick Jagger. La novela de Bulgákov que acabó convertida en canción de los Rolling Stones.
«Un barco está más seguro en el puerto, pero no es para eso para lo que fue construido». Dicho en una cárcel, suena raro.
Joy Milne olió el párkinson de su marido años antes del diagnóstico. Un superpoder útil para la ciencia e incómodo en la cola del súper.
La novela favorita de Mary Shelley no fue Frankenstein, sino una historia apocalíptica que la crítica destrozó y que hoy se entiende mejor.
Una apuesta de Lord Byron en una villa junto al lago de Ginebra dio origen a Frankenstein y al primer relato de vampiros.
Esta mañana he girado una esquina y la calle Legazpi ya no estaba. En su lugar, una calle alemana de los años veinte.
Hoy he entrado en una iglesia y he encendido una vela. Es mi primera vez.
El destino es como esas caras que vemos en las nubes o en las tostadas. Y que no exista es, en realidad, una liberación.
«Verde que te quiero verde, verde viento, verdes ranas…». Detrás de cada obra maestra hay un amigo que dijo «dale otra vuelta».
Un amigo del que no sé nada desde hace veinte años me llama para rememorar viejos tiempos. Solo hay un problema.
Mapa en mano, te pasas una calle, los niños asustados detrás… Google Maps habrá salvado más parejas que muchos terapeutas.
Una IA que sabe de tus temas favoritos, usa el tono justo y te cuenta los chistes que más gracia te hacen. ¿Quién querrá hablar con humanos?
Antes podías desmontar un reloj y entender cómo funcionaba. Hoy ni las empresas entienden sus propias cadenas de suministro.
Un hotel a punto de cerrar, pasillos vacíos, la habitación 217. Así encontró Stephen King la inspiración para El resplandor.
El horizonte, por definición, es inalcanzable. Y eso está bien.
Dos reptilianos de los Illuminati se toman una copa en un bar de Nueva York. Uno sospecha que hay alguien que los controla a ellos.
Lleno el depósito para ir a trabajar y, por unos minutos, mantengo caliente la piscina de la mansión de un golfista.