Propósitos

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Hoy he entrado en una iglesia y he encendido una vela. Es mi primera vez.

Durante años he fisgoneado, a una prudente distancia, a esas personas, mujeres mayores normalmente, adentrarse en las iglesias con aire piadoso, depositar una moneda en el cepillo, encender una vela y rezar alguna oración para que Dios, la Virgen o algún santo les conceda lo que se les pide. No estoy seguro de porqué lo hago. Puede que por la curiosidad de saber qué es lo que les requieren, cierto morbo por pillarlas in fraganti con peticiones innobles, como dinero para comprase un coche o desearle alguna maldad a alguna vecina.

Esta mañana, cuando la mujer de turno dejó la iglesia tras su consabido rezo, no me fui. Me quedé mirando las velas y sin ser plenamente consciente de ello, me acerqué, deposité una moneda y cogí el encendedor, dispuesto a prender una de ellas. En ese momento me percaté de que no se me ocurría ningún deseo, ninguna petición. Aun así, la encendí, me alejé un par de pasos y contemplé desde la distancia las docenas de pequeñas llamas, todas vinculadas a un anhelo menos la mía, que ardía huérfana de propósito.