Qué susto…

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Esta mañana me he despertado y me faltaba una oreja. He tardado en darme cuenta, porque he ido al baño a hacer de lo mío, me he afeitado, me he duchado, me he vestido, me he preparado el café y hasta que no he ido a ponerme las gafas no me he dado cuenta. Claro, se me han caído, un par de veces, hasta que me he tocado el oído derecho y no he notado la oreja. Alarmado, me miro en el espejo y, efectivamente, no la tenía.

Corrí rápidamente a la habitación y revolví toda la cama tratando de econtrarla, pero nada. Luego miré por el baño, por la ducha… ni rastro. Entonces decidí tranquilizarme y tomarme el café, que ya estaba frío. Intenté hacer memoria… Yo juraría que me había acostado con la oreja puesta… Me toqué la otra, ¿estaba en su sitio? Sí. Me la quité y la dejé sobre la mesa, mientras me tomaba el café frío y una tostada con aceite.

Fue entonces cuando noté que tenía un whatsapp que no había leído. Era de mi amigo Félix, con el que había cenado la noche anterior. «Tío, ¡que anoche te dejaste la oreja en mi casa!». Joer, que susto… Ahí estaba, menos mal, porque pensé que la había vuelto a perder y que me tenía que comprar otra, con lo cara que están estos días… Por una oreja normalita te cobran un ojo de la cara. Y por un ojo… puff… por un ojo ni te cuento…