Películas con mensaje

Hace poco volví a ver las películas Experimenter: La historia de Stanley Milgram, y Experimento en la prisión de Stanford con mis hijos adolescentes. Ellos no conocían esas historias y para mí era importante que las descubrieran y las entendieran.

Los experimentos que Stanely Milgram y Phillip Zimbardo realizaron entre principios de los 60 y principios de los 70 pueden tener sus incomodidades éticas y formales, pero no por ello dejan de ser reveladoras, en una época todavía noqueada por los efectos del nazismo, tratando de entender como había sido posible que un país tan civilizado y avanzado como Alemania hubiera sido capaz de permitir las atrocidades que se cometieron.

Era la época en la que Hannah Arendt, filósofa alemana de origen judío, acuñó la expresión «la banalidad del mal«, sorprendida por la aparente normalidad de Adolf Einchman, criminal de guerra nazi que en realidad era un burócrata que cumplía órdenes sin reflexionar sobre sus consecuencias, que actuó simplemente por deseo de ascender en su carrera profesional y sus actos fueron un resultado del cumplimiento de los dictados de sus superiores. Según Hannah, personas aparente y perfectamente «normales» son capaces de cometer grandes atrocidades. Los experimentos de Milgram y Zimbardo eran intentos de demostrar esas ideas en «laboratorios sociales».

Uno de los mecanismos psicológicos que explican estos comportamientos es el de la Conformidad , esto es, el grado hasta el cual los miembros de un grupo social cambian su comportamiento, opiniones y actitudes para encajar con las opiniones del grupo. Diferentes experimentos muestran de forma explicita este concepto, uno de los más graciosos es este:

La conformidad social puede llevar a que hagas tonterías com esta de levantarse cuando suena un pitido en la sala o, en casos extremos, a que la gente cometa atrocidades, pero lo realmente importante es entender que todos estamos expuestos a esta influencia, todos los días, en todos los ámbitos, en el trabajo, en la escuela, con los amigos, con la familia, a veces de forma explícita, a veces de forma más sutil y menos aparente. «No, yo no haría esto o aquello…no me comportaría igual que esos…». Pensar así es un error, todos, en mayor o menor medida, estamos influenciados por las presiones sociales, reconocerlo es el primer paso para limitarlo… en la medida de lo posible.

Por eso quería que mis hijos vieran esas películas, porque muchas veces una buena historia es más efectiva que un sermón para comunicar un mensaje.