Mi hijo mayor me ha hecho descubrir a una escritora y un relato que no conocía (sí, mi hijo que acaba de cumplir los 18; me hace sentir mayor y a la vez «me llena de satisfacción»). Se trata de Urusal K. Le Guin y su relato «Los que se alejan de Omelas«.
Escrito a principios de los 70, es uno de esos relatos que muestran un conflico moral: Omelas, una ciudad utópica en la que todo el mundo es feliz, pero esa felicidad depende de la infelicidad de un solo niño, sometido a la «inmundicia, oscuridad y miseria perpetua». Sus ciudadanos lo descubren cuando son adultos y, a pesar del disgusto inicial, lo saben y lo aceptan con tal de mantener el nivel de felicidad que disfrutan. Los pocos que no están de acuerdo abandonan la ciudad.
¿Es Omelas un lugar imaginario? Cuando lo trasladas al mundo en el que vivimos, no, no lo es. Porque la felicidad de nuestro mundo está vinculada a la potencial infelicidad de otros. Consumimos energía y materiales que contaminan nuestro ambiente, con consecuencias negativas para los habitantes de un futuro que cada vez es más cercano, compramos ropa barata sin cuestionarnos cómo puede ser tan barata, renovamos frecuentemente nuestra tecnología, consumimos alimentos con cadenas de producción cuestionables, nos hemos acostumbrado a la inmediatez de las compras online sin entender muy bien el impacto que produce en la estructura de los negocios y las condiciones laborales.
Reconocemos, cuando nos ponemos a pensar en ello, este vínculo incómodo, y puede que intentemos de forma activa minimizar el daño que provocamos.
El problema es que estamos atrapados en la complejidad de esta Omelas en la que nos ha tocado vivir, no hay forma de escapar completamente de aquí.