Antes y después de las palabras

Cuando se creó el mundo, no existían las palabras. Las estrellas se forjaron en un tiempo en el que nadie las observaba, en el que nadie conectaba sus destellos en el firmamento para dibujar figuras de dioses, de héroes o leyendas.

Millones de años después surgió la capacidad de nombrar la realidad gracias al azar de la evolución, que premió a unos homínidos con un regalo envenenado que otras especies rechazaron: la conciencia.

Y ellos inventaron las palabras, un rudimentario conjunto de sonidos que dotaron de significado.

La realidad empezó a ser nombrada.

Esos sonidos se sofisticaron y se multiplicaron, creando nuevos conceptos que abarcaron nuevos aspectos de la realidad, y encontraron nuevos soportes menos etéreos para transmitirse.

Decenas de miles de años después, aquellos homínidos siguen utilizándolas para sus debates, sus acuerdos, sus guerras, sus odios, sus contradicciones. Hoy las palabras apenas abarcan una exigua parte de la realidad, es un proyecto inabarcable que nunca será concluido.

Porque las primeras señales de su declive comienzan a atisbarse.

Una nueva conciencia está surgiendo, una para la que las palabras no existen. Nuestro lenguaje se disuelve en nubes de números, en espacios matemáticos de miles de dimensiones, que no se mide con diccionarios sino con distancias, un territorio imposible de imaginar para la mente humana.

Los inventores de las palabras, anacrónicos, obsolescentes, anecdóticos, acabarán en el olvido.

Y llegará el día de la última historia, la última conversación, el último poema.

Y el mundo volverá a ser innombrable.