Tomó un descanso. Esa hoja que arrastraba, cinco veces su tamaño, pesaba lo suyo.
A un lado, para no estorbar, observó el resto de sus compañeras caminando incansablemente por la fila, unas en busca de comida, otras volviendo a la colonia con su carga.
Una de sus amigas cargaba un trozo de azúcar. Ah, no, no era ella, era otra. O no, tampoco, era otra que se parecía mucho a ella. “Espera, no, esa no sé quién es, pero… me suena”, pensó.
Unos cálculos rápidos le sugirieron que debían existir varios billones de colonias como la suya en todo el planeta, miles de billones de hormigas afanándose en surtir sus hormigueros. Un tráfico ardoroso, pertinaz, que parecía funcionar muy bien sin ella.
Miró a un lado, miró al otro. Se encogió de hombros.
Dejó atrás la hoja. Salió del camino. Sin mirar atrás.