Ni a mi déspota ni a mi hermano

Esta semana he conocido una chica de Irán que colabora como externa en el proyecto en el que estoy involucrado. Recién salida de la Universidad, viene de una familia que le ha permitido estudiar en el Reino Unido y ahora trabaja para una importante empresa consultora. Mientras comíamos le hemos preguntado por su país y nos ha comentado, entre otras cosas, las injusticias de un gobierno que no representa a la gente y no aprovecha los recursos provenientes del petróleo para ayudar a su pueblo. También ha surgido el tema de la obligación para las mujeres de llevar un pañuelo sobre la cabeza. Como es de esperar, sus cinco años en Europa y probablemente una familia de mentalidad bastante abierta, le llevan a pensar de una forma muy occidental.

Entonces he sacado el tema que está esta semana en los periódicos, que Estados Unidos y Reino Unido están planeando efectuar ataques a Irán debido a nuevos indicios de que están enriqueciendo uranio. Llegados a este punto, como es “natural”, ella respalda a su país ante la injerencia extranjera, sin importar lo injusto que sea o equivocado que esté su gobierno.
Más allá de que las razones de Estados Unidos para atacar Irán son probablemente hipócritas e injustas, digo que la reacción de esta chica es “natural” porque la tenemos marcada a fuego en algún lugar de nuestro cerebro, que se refleja ya durante nuestra tierna infancia cuando nos propasamos sin piedad con nuestros hermanos pequeños pero, eso sí, si alguien les toca un pelo se las tiene que ver con nosotros. Un comportamiento innato que viene a resumirse con el lema “el único que puede pegarle a mi hermano soy yo”. 
Cosas de la Psicología Social y las estrategias evolutivas.