Maximizar Sillas y Tomates

No recuerdo el nombre de la asignatura que estudié en la carrera en la que se nos demostraba las bondades de la especialización en el trabajo. La lógica era aplastante: si a mí se me da mejor fabricar sillas que plantar tomates y a ti justo lo contrario, la productividad total es mayor si cada uno nos dedicamos a nuestra especialidad. Llevado a un mundo globalizado los diferentes países se especializan en aquello en lo que son más competitivos, y nos enseñaban ejemplos matemáticos en los que se demostraba esta teoría.

Pero, por lo menos en mi generación, o en mi Universidad, no se incentivaba un espíritu crítico que desafiara este modelo. Ahora con la edad me da por ser más puñetero y me doy cuenta de los aspectos siniestros de este tipo de paradigmas. Como que las ventajas competitivas se basaran no en mayores “destrezas” sino en desigualdades de renta, lo que explica que las actividades manufactureras acaben en países subdesarrollados con salarios de miseria y parvos controles laborales. O que el resultado es un sistema mucho más vulnerable a largo plazo debido a la falta de autonomía de cada una de sus partes; una crisis en una región afectará inevitablemente a todo el sistema.

El problema creo que está en la supersimplificación de sistemas complejos, que generan un efecto onanista, de autocomplaciencia, porque en ese mundo platónico todo encaja de puta madre. Y si encima asumimos implícitamente que el objetivo es “maximizar la producción”, pues contribuimos a contaminar nuestras mentes con esquemas meramente materialistas. Un pensamiento centrado en producir cosas, no en el bienestar de las personas, a la larga no puede llevar a nada bueno. Vamos, digo yo.