Dime qué héroes tienes y te diré quién eres

“Los hombres que construyeron América” es una serie documental del canal “Historia” que cuenta las vidas de los magnates más importantes de Estados Unidos entre el final de su guerra civil y el principio de la Primera Guerra Mundial.

Vanderbilt, Rockefeller, Carnegie, JP Morgan, Henry Ford… La sintonía de entrada es una canción de rock, y estos personajes son mostrados como los héroes de una película de acción. Tipos duros, que saben lo que tienen que hacer, los tipos que forjaron América.

La serie es interesante, no conocía la vida de estos magnates, y desde luego tuvieron una influencia relevante no sólo en Estados Unidos, sino en todo el mundo.

Lo que también es interesante es como los americanos, como sociedad individualista que es, ponen el foco en el individuo más que en el contexto. John D. Rockefeller, por ejemplo, creció en Cleveland, una zona rica en petróleo, donde las empresas que trataban de explotar ese nuevo combustible estaban proliferando. Era la Arabia del momento. En ese contexto, el más listo se podía llevar todo. Un país, y por ende un mercado, enorme, falta de regulaciones… Si no hubiera sido Rockefeller, probablemente hubiera sido otro el que se habría aprovechado de las circunstancias.

Por otra parte, también es interesante la actitud de los americanos hacia sus millonarios. Son héroes, gente a admirar, si han conseguido algo es porque se lo han currado, se lo merecen. Aunque en su carrera hacia el dinero y el poder no hayan tenido compasión por las familias más humildes. Como cuando Rockefeller, en su guerra contra las empresas de ferrocarriles, cerró sus refinerías y provocó que sus rivales tuvieran que cerrar, despedir trabajadores y las revueltas se sucedieron. Incluso la bolsa tuvo que cerrar 10 días. Pero todo esto se ve como “pero qué listo era este tío”, en lugar de verlo como algo desalmado, todo por conseguir todavía más dinero.

Y que conste que yo también admiro a los emprendedores que han logrado grandes cosas, no estoy de acuerdo con la desconfianza con la que se ven desde España o Europa. Pero esta admiración tiene límites. Entre un Amancio Ortega, del que no conozco maldades, y un Rockefeller, me quedo con el gallego.