Trabajar en un mundo global

Uno de los efectos del Covid-19 es el del súbito despertar a eso de “trabajar desde casa”.

Reconozco que yo era uno de los que miraba esto de “trabajar desde casa” como algo sospechoso. Algunas personas de mi equipo me pedían trabajar uno o dos días de ese modo, por temas personales principalmente. Yo lo aceptaba, la empresa lo permitía, pero nunca me sentí cómodo con esta forma de trabajar. ¿Cómo saber lo que realmente estaban haciendo? Sí, claro, se trata de medir el output de lo que se produce, pero en el día a día no es tan sencillo.

Entonces vino el coronavirus y todos nos vimos forzados a trabajar desde casa. Yo también. Y aunque me costó un poco adaptarme, lo hice, todo mi equipo también, y en principio la productividad no se vió afectada.

Entonces, una vez probado que se puede hacer con un nivel de productividad adecuado, ¿qué impide repensar la localización de los trabajadores en remoto? Hoy todo mi equipo vive en un area de menos de una hora de distancia en coche. Con el nuevo escenario ese ámbito geográfico se puede ampliar mucho más, incluso a nivel global.

Es cierto que el outsourcing ya existe, se puede externalizar una función a otra empresa que te ofrece el servicio desde otro país. Pero en este caso estoy hablando más de crear un grupo estable de trabajadores que desempeñan sus funciones como un equipo, el equivalente a un grupo que trabaje físicamente en el mismo sitio.

Esto tiene una serie de complicaciones: como reclutar, hacer el knowledge transfer, como crear el “espíritu de camaradería”… Pero las implicaciones de algo así van más allá de la forma de trabajar en una empresa. Desafía el propio concepto de trabajo asalariado, los controles del estado, los impuestos que se tienen que pagar… Si el equipo está formado por gente que está físicamente en Japón, Australia, España y Chile, ¿dónde tiene la empresa que pagar los impuestos?

Un clavo más en el féretro de un mundo plano, un paso más hacia una verdadera globalización.