Sofocos

Coincido todas las mañanas en el metro con una madre y su hijo de un año. No les conozco de nada, pero el pequeño siempre me mira con una hostilidad inaudita, todos y cada uno de los días. 

Tiene cara de ángel, llama la atención de todos los presentes cada vez que entra en el vagón, con su sonrisa de anuncio, sus ricitos, su porte un tanto altivo, sus andares de adulto. Pero al poco de recibir los acostumbrados halagos de los presentes me busca con la mirada. Procuro esquivarle, ocultándome tras algún pasajero, pero es inútil, siempre me acaba encontrando y me lanza una mirada de desafío, de mala ostia, que me encoge el alma. El resto de viajeros suelen darse cuenta y coordinan sus sofocantes miradas con las del crío, verdaderos aguijones que me perforan la piel durante los interminables minutos que dura el trayecto.

No sé por qué lo hace. A lo mejor le importuné hace unas semanas sin darme yo cuenta. He llegado a pensar incluso que es el alma re-encarnada de algún antiguo enemigo, o una ex-novia. No lo sé. 

Pero no lo soporto más. A partir de mañana cambio de horario de tren.