El mundo cambia, y cambia muy deprisa.
Supongo que hace 10.000 años lo suyo era escribir sobre cómo esa cosa nueva que se había inventado, la agricultura, iba a afectar el estilo de vida de los que les rodeaban. Pero, claro, todavía no habían inventado la escritura, así que supongo que el contacuentos de la tribu de turno se inventaba historias sobre la transformación que se estaba gestando, contándolas frente al fuego tras una jornada de caza, de recolección o de hacer eso de plantar semillas, arar la tierra y regarlas.
Porque el mundo cambia, siempre ha cambiado. Para mejor y para peor. Y las historias sirven para dibujar escenarios sobre ese futuro que se nos avecina.
Acabo de autopublicar el segundo libro de la serie Futuros Imperfectos: ALGORITMOS IMPERFECTOS. Una gota en un océano de mensajes y de historias. Una más, que seguramente se perderá en la noche de los tiempos como las historias que se contaban frente al fuego hace miles de años.
Porque uno escribe porque le apetece, porque lo necesita, por lo que sea. Lo de que te lean es un extra que, sí, es bienvenido, pero que no es necesario para seguir escribiendo.
Si tenéis curiosidad, podéis echarle un ojo. Y para los lectores fieles de este blog escondido, escribidme un comentario en esta entrada para que os lo envíe: un detallito para los que habéis tenido el interés y la paciencia de leer mis irreflexiones durante años.