Que solo sea una gripe

Siento una alegría extraña, casi culpable. Me alegro por mis amigos venezolanos, que hoy por fin vislumbran una salida tras el colapso de Maduro. Y, por supuesto, el régimen iraní, que asfixia a su pueblo, anula a sus mujeres y alimenta el caos, no cuenta con la más mínima de mis simpatías.

Pero esa alegría se ensucia cuando miro quién sostiene la maza. No puedo comulgar con el líder de la mayor potencia nuclear del mundo jugando a ser policía, juez y verdugo sin disimulo. No estamos ante un nuevo Sheriff que viene a imponer orden; esto no es ‘Solo ante el peligro’ y Trump no es Gary Cooper. Es Atila liderando una horda que no deja crecer la hierba de la diplomacia, un espejo peligroso para cualquier otro líder con armas nucleares en la recámara.

No acepto la excusa de la democracia o la liberación femenina. Primero, porque él mismo no se molesta en maquillar su egoísmo. Segundo, porque esa supuesta ética se detiene justo en la frontera de sus aliados. ¿Dónde están los derechos de las mujeres en Arabia Saudí? ¿Qué pasa con el olvido de Afganistán o el desgarro de Sudán? La justicia, cuando es selectiva, no es justicia: es geopolítica de casino.

Es fácil, lo sé, escribir esto desde la seguridad de una Europa burocrática y a menudo buenista. Pero, aunque el mundo nunca fue perfecto, los principios de legalidad internacional han permitido un progreso inaudito en apenas unas generaciones. Ese barniz de civilización es lo que nos separa de la selva.

Quiero creer que esto es solo un paréntesis, un leve retroceso en una inercia de progreso que, a largo plazo, resulta imparable. Una gripe auspiciada por la saturación informativa que han provocado las redes sociales. Una calentura que todavía va a añadir unos grados más al termómetro con la llegada del nuevo invitado: la inteligencia artificial.

Como digo, en el largo plazo soy optimista. Saldremos de esta. Lo que me inquieta es no saber cuánto durará la fiebre, ni cuánto tendremos que sufrir mientras el termómetro siga subiendo.