Frente a la pantalla oscura de un televisor que no dice nada, con los móviles olvidados en otra habitación, él se sentó en el sillón para observar la luz que traspasaba la ventana, ella se acomodó en el sofá para continuar el libro que le contaba, con palabras mudas, la historia de una niña, un volcán y un tesoro.
Veinte minutos después, él dijo: “Ya sé lo que voy a preparar para cenar”.
Se levantó, fue a la cocina.
Ella siguió leyendo.