Zeus acaricia con torpeza las cuerdas de su lira, susurra una canción que le enseñó Apolo.
Artemisa se acerca, toma una uva del racimo que lleva en la mano y pregunta:
“¿Cómo va?”.
Zeus se asoma con desgana para observar la batalla de ahí abajo.
“Parece que el bajito esta vez tiene las de perder”.
“¿Bajito? No es tan bajito”.
“¿Ah no?”.
Ares aparece, muslo de pollo en mano, pregunta:
“¿Cómo va esa batalla? ¿Va a ganar otra vez el bajito?”.
“No es bajito”, insiste Artemisa. “No sé de dónde ha salido ese rumor”.
“¿Ah no?”, se extraña Ares.
Los tres observan los movimientos de las tropas, las diminutas figuras de seres humanos que se despedazan con cada cañonazo, cada carga de fusilería, cada bayonetazo.
“¿Y dónde es esto?”, pregunta Zeus.
“Waterloo, creo”, responde Artemisa.
“¿Dónde cae Waterloo?”, pregunta Ares.
“¿Italia? ¿Polonia? ¿Bélgica? No sé, un sitio de esos”, responde Artemisa encogiéndose de hombros.
“¿Queda pollo?”, pregunta Zeus.
“Algo queda”, responde Ares.
“Me está entrando hambre. ¿Venís?”.
Artemisa y Ares asienten. Caminan hacia el comedor mientras, abajo, esos pequeños puntos que hay sobre la tierra siguen atacándose y destrozándose los unos a los otros.