El muro blanco frente a ella, en aquel solar pedregoso, estaba sucio. Una grieta lo atravesaba oblicuamente, con unas palabras a cada lado, “Lore” y “Esuri”, escritas con aerosol negro y una caligrafía confusa.
Cerró los ojos, los volvió a abrir. Al pie del muro brotaban ahora flores silvestres, el blanco olía a limpio, un nuevo grafiti había convertido la grieta en un río, y donde antes se encontraban las palabras ahora aparecían a cada orilla la imagen de un niño y una niña que se pasaban una pelota.
El maestro se acercó, observó en silencio la creación de la muchacha.
“Buen trabajo”, dijo al fin. Y siguió su camino.
La muchacha observó al profesor mientras se alejaba.
Cerró los ojos, los volvió a abrir. El profesor se convirtió en un halcón que emprendió el vuelo y se perdió en el horizonte.