“¡Estoy incumpliendo las estrictas leyes temporales que protegen el entramado del espacio-tiempo de este Universo para que salves a la civilización de una catástrofe nuclear! ¡¿Es que no lo entiendes?!”.
Su versión adolescente continuó mascando el chicle, le miró de refilón con una mezcla de desprecio e incredulidad. La desnudez del viajero del tiempo no ayudaba.
“No me fastidies, chocheras. Vaya pajas mentales me estás contando… Además, ¿tan mal estoy yo de viejo? Doy puta pena”.
El anciano observó la demacración de sus carnes, secuela del invierno nuclear. Volvió a mirar al chaval; se había olvidado de lo gilipollas que llegó a ser de joven. Ya es mala suerte que la única rendija para volver al pasado fuera precisamente esta época.
“Estamos jodidos”, musitó.