En el cruce de los que venden su alma al diablo, una llanura partida por dos carreteras interminables, espera un músico con su guitarra.
Un lamento metálico anticipa la llegada de una mujer con un carrito de tacos. Emerge, al fin, de aquel horizonte vaporoso y se instala al otro lado de la carretera.
El músico se seca el sudor del cuello con un pañuelo empapado. El hambre y la sed le empujan a cruzar y examinar lo que ofrece la señora, mientras esta remueve un par de pucheros.
“Me pone un par de tacos al pastor, por favor. Y una cerveza”.
La señora no le mira. Comienza a preparar con parsimonia los tacos.
“¿Sabe si va a pasar hoy por aquí?”.
No le responde. Termina de preparar los tacos y se los ofrece en un plato de cartón.
“¿Cuánto le debo?”.
“Su alma”.
“¿Cómo? ¿Por unos tacos? ¿Es usted? No, no, esto no es por lo que yo he venido”, le suplica mientras le enseña su guitarra.
La mujer se encoge de hombros.
“Haber estado más atento”.