"!Puedo ver toda la habitación!… ¡Y no hay nadie!"

Un trozo de tela de 120 x 120 cm que vale 43,2 millones de dólares. Un tal Lichtenstein lo pintó en 1961, con una estética propia de los cómics, marca el comienzo del “Pop Art”.
Las reglas del mercado favorecen estas situaciones, donde el precio de algunas transacciones puede alcanzar cifras realmente grotescas, especialmente en el mercado del Arte donde la singularidad de las obras incita los impulsos fetichistas de los más adinerados.
La paradoja es que hoy en día se pueden adquirir a un precio muy asequible reproducciones bastante aceptables de cualquier pintura, que podría proporcionar un placer estético similar sino igual a la contemplación de la obra “real”. Así que la necesidad de poseer la obra “real”, aunque uno no sea capaz de distinguirla de una copia, no puede ser más que un capricho que no anda muy alejado de la estupidez.
(Para disculpar a los multimillonarios caprichosos, puede que en términos relativos el coste de una de esas obras sea menor de lo que me cuesta comprarme, por ejemplo, un nuevo portátil que no necesite).