Escuchar voces

En los últimos días he visto la mini serie “The 2 Popes” y la mayoría de los capítulos de la serie “The Messiah”. La primera interesante, la segunda un bodrio que sólo sigo por curiosidad.
En ambas historias encuentro la fábula de un Dios que se comunica con señales que no son fáciles de entender. Que si el Papa Francisco, cuando era joven y estaba dudando entre convertirse en cura o casarse con su novia (¡?), pasa por la puerta de una iglesia, decide entrar y entiende que Dios le está diciendo que se dedique a su negociado. Que si el Papa Benedicto XVI planea abdicar pero no sabe cómo evitar que su contrincante principal, el cardenal argentino que acabará siendo el Papa Francisco, sea su sucesor; pero entonces va y recibe una petición de este cardenal para jubilarse; el Benedicto, en lugar de decir “joer que potra, esta es la mía”, entiende que esta coincidencia en un mensaje de Dios, que le está proponiendo que es el argentino el que debería ser el nuevo Papa. Que si un supuesto Mesías encandila a todos con mensajes ambiguos y vacíos, y si no se entienden, pues será que Dios es misterioso y eso, que lo suyo es dejar de pensar y dejarse llevar, que lo de pensar tiene muy poco flow.
Qué bonito sería que algo así fuera verdad: un ente todopoderoso y bondadoso que cuida de nosotros, nos guía, nos da señales, que no pasa nada si no las entendemos, que él ya sabrá, que no nos preocupemos.
El problema que este cuento de hadas, que puede estar bien para embaucar a nuestros niños cuando les damos los regalos de Navidad, tiene efectos perversos en los adultos, porque se comportan como niños, dejando que ese otro ente, más adulto y sabio, tome las decisiones. Pero encima es una dejadez ilusoria, porque son ellos, a través de sus subconscientes, los que de verdad están tomando las decisiones. Así que, Papa Francisco, no fue Dios el que te dijo que dejaras a tu novia, fuiste tú mismo el que tomó la decisión, aunque no fuiste lo suficientemente valiente para reconocerlo.