Semos unos guarros

Cuando las series de televisión actuales están ambientadas en los 50, 60, 70 u 80, el afán de reflejar con realismo esas épocas hace que los guionistas pongan a fumar a los personajes como si no hubiera un mañana. Fuman en cada escena, no importa si están en una habitación cerrada o si tienen a una madre dando de mamar a su bebé junto a ellos, y tiran los cigarrillos al suelo.

Desde el punto de vista actual, en el que ya hemos asimilado completamente las restricciones antitabaco, esas escenas ahora nos dan arcadas. Y con razón, porque esas costumbres eran egoístas y muy poco higiénicas, por no decir directamente sucias.

Esta sensación es la que tengo con el tema de la contaminación y el cambio climático. Entiendo que los cambios climáticos son algo habitual en la historia de este planeta. Han sucedido muchas veces desde la aparición del ser humano y con cambios mucho más bruscos que los actuales. Que exista una correlación entre el desarrollo tecnológico de los últimos dos siglos con el cambio climático que estamos experimentando hoy en día no implica causalidad, es posible que no existan pruebas irrefutables que demuestren que este cambio climático es causado por la acción del hombre. Aunque este afán de los negacionistas por reemplazar la “causalidad” por “casualidad” me parece un poco infantil, porque el riesgo de perder el tiempo en pruebas irrefutables es que luego sea demasiado tarde para reaccionar.

Así que el argumento que me gustaría utilizar para convencer a los negacionistas del cambio climático es el de “por favor, dejemos de ser unos cerdos”. Producir productos o generar energía sin tener en cuenta el medio ambiente es el equivalente al fumar en una habitación minúscula junto a una mujer embarazada dando de mamar a su hijo: una grosería, una guarrada, algo dañino para el bebé, para la madre y para uno mismo. Es comportarse como un cerdo. Es normal que el desarrollo de la tecnología tenga una fase en la que el foco está más en la producción que en el entorno, pero tenemos que superar esa fase y pensar que el medio ambiente es un socio necesario en nuestro bienestar, que no tiene recursos ilimitados y que perjudicarlo es en definitiva perjudicarnos a todos.

Como la tendencia natural de los individuos es tender hacia los propios intereses es necesario que las sociedades impongan normas para limitar el abuso del medio ambiente y aunque en un principio hay quien se sienta ultrajado por las limitaciones, dentro de nada miraremos atrás y nos preguntaremos como puñetas fuimos tan guarros en el pasado.