Los Sherlocks del futuro

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Hace unas décadas los detectives lo tenían crudo para descubrir al asesino, pero la tecnología lo está haciendo paulatinamente más fácil. Empezó hace ya más de un siglo cuando alguien descubrió (Sir Francis Galton, un primo de Charles Darwin) que las huellas dactilares podían recuperarse del lugar del crimen y utilizarlas para identificar a los sospechosos. Pero, bueno, los malos se aprenden que no hay que dejar huellas y la cosa vuelve a complicarse. Otros métodos se añadieron, como analizar las balas, las fibras que se encuentran, la sangre (para apenas tomar nota del grupo sanguíneo)… Hasta muy finales del siglo XX no se pudieron utilizar cosas tan fundamentales hoy en día como analizar el ADN de la saliva, del semen, de cualquier tipo de resto biológico que el malo malísimo pudiera haber dejado detrás.

Y a todo esto ahora hay que añadir las posibilidades que ofrece la tecnología, que permite saber dónde se encontraba un individuo y cuándo, y hasta qué estaba haciendo ya que todos tenemos siempre encima el móvil o un reloj de esos que te miden los pasos, el pulso y la madre que parió a los biorritmos.

A este paso lo único que tendrá que hacer el Sherlock Holmes de turno es llegar al lugar del crimen y preguntar: «Alexa, ¿quién es el asesino?»