Mirar con otros ojos

Hace ya más de veinte años un amigo me llevó una tarde por los bares del barrio de Malasaña, en Madrid, lugar en el que él vivía. Sentado en la mesa de un bar más bien cutre, con un par de vermús y unas olivas, me enseñó a apreciar aquellas mesas y sillas de ralite, aquel ambiente anclado en los años 80, aquella falta de glamur, aquellos personajes de carajillo, copa o caña.

Antes de aquella tarde reveladora, no es que renegara especialmente de ese tipo de bares, pero no sabía disfrutarlos, no sabía apreciar las singularidades escondidas en su aparente vulgaridad, su autenticidad. Desde entonces no reniego de cualquier bar por cutre que sea, porque cada uno de ellos me parece que esconde un micro-cosmos que merece ser descubierto.

Lo importante que es tener amigos que enseñen a mirar las cosas de otro modo.