El 85% de las mujeres jóvenes de Inglaterra, donde vivo, no sólo aceptan cambiarse el apellido cuando se casan, sino que lo esperan con ilusión.
Me asombra que en una sociedad que se presume de vuelta de todo, la identidad individual sea lo primero que se entrega en el altar del matrimonio. Cada vez que una compañera de trabajo me comenta que se va a casar le pregunto si se va a cambia el apellido, y tras la mayoría de síes les preguntó “¿Por qué?”. En muchos casos la pregunta les incomoda, no saben muy bien qué responder más allá de “porque es la costumbre”.
Pues vaya costumbre. Porque cambiar tu propio nombre porque te vas a casar, en el mundo de hoy en día es una forma de sumisión al marido que no tiene sentido. Que este vestigio del pasado, de la consideración de las mujeres como propiedad, se haya interiorizado como algo que “hace ilusión” es, quizás, un ejemplo de los cambios de significado de las historias que nos contamos.
Otro ejemplo que me viene a la mente es de la historia bíblica en la que Abraham está a punto de sacrificar a su hijo Isaac porque Dios se lo pide, hasta que de una forma bastante macabra, un angel le dice que no, que no hace falta, que Abraham ya le había demostrado a Dios su intención de hacerlo y con eso le bastaba, que en lugar de sacrificar a su primogénito que sacrificara un carnero.
Esta es una historia que desde mi más tierna infancia nunca entendí (que vaya historia para contar a los niños en la catequesis, por cierto). Hasta que hace unos años escuché a un rabino contar en un documental el probable significado perdido de este relato bíblico: esta historia se escribió en un contexto en el que era normal que la mayoría de las religiones ofrecieran sacrificios humanos para aplacar las iras de los dioses. Así que el relato de Abraham e Isaac era revolucionario, porque venía a decir “eh, que nosotros no pedimos sacrificios humanos, que nuestro Dios es tan bondadoso que con que sacrifiquéis a una oveja le basta”. Pero pasan los siglos, incluso los milenios, y ese contexto sangriento queda olvidado, lo que nos llega es una historia perversa de sumisión absoluta a cualquier orden divina, aunque no tenga sentido.
Y otro ejemplo más, a partir de una conversación que tuve ayer con mi mujer acerca del difícil equilibrio entre aceptar el velo como costumbre – es innegable que forma parte de la identidad cultural de muchas mujeres musulmanas – y sentir cierto rechazo por sentirlo como un vestigio de sociedades esencialmente machistas.
Pero la conversación con mi mujer nos llevó a unos vericuetos que desembocaron en una idea algo contradictoria: entender en su origen el velo como una “medida progresista” porque lo que pretendía era proteger a las mujeres.
Hace unos años escribí un post sobre la domesticación de los seres humanos:
…nosotros también nos hemos «auto-domesticado», un proceso en el que hemos ido modulando nuestros niveles de agresividad a lo largo de las generaciones. Ya no cazamos osos, como en la pre-historia, y guerreamos mucho menos que antes, como hace un puñado de miles de años. En un mundo «civilizado» la capacidad de cooperar es más importante que la capacidad de tumbar un mamífero con una lanza, y esto está relacionado, por ejemplo, con los niveles de testosterona en nuestro cuerpo…
En ese mundo de no hace tanto, los hombres éramos mucho más agresivos que hoy en día, las agresiones hacia las mujeres eran mucho más frecuentes y normalizadas. Así que me puedo imaginar a un padre tratando de proteger a su mujer y a sus hijas ocultándolas a los ojos de cualquier pervertido que pasara por los caminos. Una ocultación que en su origen no tenía el ánimo de someter a las mujeres, sino protegerlas.
Los siglos han pasado, las sociedades han evolucionado, ese tipo de medidas extremas ya no son necesarias, y el velo ha quedado como una identidad cultural mezclada con símbolo de sumisión hacia los hombres.
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El problema de las historias que nos contamos es que tienen una inercia mayor que nuestra propia evolución. Conservamos el envoltorio – el apellido, el relato del sacrificio, el velo – mucho después de que el contenido original se haya evaporado o se haya vuelto tóxico.
Lo que en su día pudo ser una ruptura revolucionaria con la barbarie (el carnero por el hijo) o una tosca medida de protección en un mundo de testosterona descontrolada, hoy son solo grilletes invisibles. Son fósiles culturales que seguimos vistiendo con ‘ilusión’ o por ‘costumbre’, sin darnos cuenta de que estamos rindiendo pleitesía a un mundo que, afortunadamente, ya no existe.
Quizás la verdadera libertad no consista en inventar historias nuevas, sino en tener el valor de auditar las viejas y preguntarnos qué significan hoy, aquí y ahora. Porque cuando una costumbre pierde su sentido original y solo conserva su peso, deja de ser cultura para convertirse, sencillamente, en una jaula.