Auto-domesticados

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En 1959, el científico ruso Dmitri Belyaev inició un experimento que todavía hoy sigue en marcha, casi 40 años después de su muerte. El experimento consiste en observar las diferencias que surgen a través de las generaciones en unos zorros salvajes cuando son domesticados.

El experimento tiene sus problemas, como el que los zorros originalmente utilizados no eran salvajes del todo, pero las observaciones que se han ido recogiendo durante todo este tiempo permite comprobar los cambios físicos que se producen en los zorros cuando favoreces la reproducción de los especímenes menos agresivos: las orejas cambian, el tamaño y la forma del cráneo, la cola… Características que los hacen más parecidos a los perros actuales.

Este experimento no sólo ayuda a entender como se produjo la diferenciación entre lobos y perros a lo largo de las últimas decenas de miles de años, sino que también da pistas sobre los cambios que los propios seres humanos hemos experimentado durante todo este tiempo, ya que, según proponen algunos científicos, nosotros también nos hemos “auto-domesticado”, un proceso en el que hemos ido modulando nuestros niveles de agresividad a lo largo de las generaciones. Ya no cazamos osos, como en la pre-historia, y guerreamos mucho menos que antes, como hace un puñado de miles de años. En un mundo “civilizadado” la capacidad de cooperar es más importante que la capacidad de tumbar un pedazo de mamifero con una lanza, y esto está relacionado, por ejemplo, con los niveles de testosterona en nuestro cuerpo, lo que ha su vez determina el tamaño y la forma de nuestro cerebro.

Conclusión: que sí que nos han domesticado a lo largo de todos estos milenios y sospecho que la mano oculta que ha dirigido este proceso han sido los verdaderos amos del mundo… los perros. Nosotros somos sus mascotas.